Hay que recordarlo: por su naturaleza, el poder no es comedido: es expansivo. Tiende a monopolizarse en tanto sea mayor el beneficio que el costo de hacerlo. Por eso son tan importantes los contrapesos, y por eso es tan peligroso que la palabra de un presidente pase del desatino de la verdad absoluta a la aberración de la verdad revelada. México ya padeció, en el antiguo sistema político mexicano, las consecuencias de esos designios providenciales.
El presidente López Obrador dice que ya no hay tapado ni cargada y que se acabó el dedazo, pero la realidad lo refuta. 1) Los presidenciables del siglo pasado no estaban escondidos, la opinión pública sabía quiénes eran y ellos hacían su juego; 2) cuando la militancia detectaba las señas presidenciales que perfilaban al candidato in pectore proliferaban las manifestaciones de apoyo; 3) el gran elector decidía como quien apunta con el índice al ungido. ¿Qué diferencia hay, más allá del debatible dato de que ahora la oposición sí cuenta, con lo que ocurre en la 4T? Todos lo percibimos: las corcholatas se desgañitan por conquistar la preferencia de AMLO, la capucha tiene cola de caballo y casi todos los gobernadores, diputados y senadores cargan a su favor. Solo falta ver en acción al dedo encuestador.
Pero volvamos al principio. AMLO es un hombre de poder, un obseso del mando único. Si no deja que otros decidan lo accesorio mucho menos permitirá que alguien más, ni siquiera “la gente”, tome la decisión política más importante de su sexenio. Aquí me viene a la memoria la tesis de Ernest Barker sobre la representación inversa que se da en el populismo: el líder no representa la voluntad del pueblo, es el pueblo el que representa la voluntad del líder. AMLO decidirá por sí solo —de hecho, estoy convencido de que ya decidió— quién será la candidata de Morena a la Presidencia de la República, y la famosa encuesta solo sancionará tal decisión. Su influencia sobre sus seguidores es avasallante y, a juzgar por los sondeos recientes, han surtido efecto las señales que ha enviado urbi et orbi al mimar e incluso rescatar una y otra vez a Sheinbaum, a quien ha proyectado —recordemos aquello de la tradición monárquica de los herederos al trono— como su “hija”. Los “hermanos” son los otros dos.
Puedo equivocarme, desde luego. En septiembre se sabrá si tengo razón al pensar que AMLO nos ha engañado con la verdad o si mi lectura es errada y Marcelo recibe la candidatura o Adán Augusto da la sorpresa. Por lo pronto sostengo que los obvios mensajes del presidente en torno a su predilección por Claudia bastarán para inclinar la balanza demoscópica y, más aún, que en el improbable caso de que no resultara así AMLO corregiría la revelación verdadera para trocarla en la verdad revelada. Si algo quedó claro tras de la contienda en el Estado de México es que en las encuestas, como en las tiendas, el cliente siempre tiene la razón. Por cierto, no deja de ser curioso que la 4T haga de un instrumento tan desacreditado su oráculo democrático y lo exalte como el infalible traductor de la voluntad popular.
AMLO no va a soltar su sucesión. Después de todo, él sabe lo que quiere el pueblo o, mejor dicho, el pueblo sabe lo que él quiere. En este sentido, pues, el dedazo ya se dio. Ahora sigue la elección de Estado.