Donald Trump trastoca los paradigmas de la posguerra. Al arremeter contra el orden internacional construido a partir de 1945, el presidente de Estados Unidos esgrime una suerte de diplomacia darwinista y nos hace echar de menos el mundo de instituciones imperfectas y reglas injustas que tanto criticábamos. Por si fuera poco, en su ofensiva contra la globalización se lanza contra lo poco rescatable del neoliberalismo —el libre comercio— mientras retoma los esquemas fiscales regresivos y la desregulación, políticas ochenteras que exacerbaron la desigualdad. Enarbola, además, un nativismo que combate la inmigración y el multilateralismo. Y dado que se trata del presidente de la superpotencia, cada vez más países siguen el mismo camino.
La caja de resonancia más reciente fue el Foro Económico Mundial. En la meca del elitismo se escuchó un discurso memorable, el del primer ministro Mark Carney. Dijo que no vivimos una transición sino una ruptura y que el antiguo internacionalismo se fue para no volver. Más allá de matices —yo pienso que algunos de los cambios forzados por el trumpismo son reversibles— dio en el clavo: es urgente recalibrar proyectos, explorar alternativas, redefinir rumbos. Bajo su liderazgo Canadá ha tomado algunas decisiones valientes y otras temerarias, como la de perfilar una alianza con China. Habrá que ver en qué acaba su desafío a Trump, pero por lo pronto hay que reconocer su estatura de estadista. ¿Quién iba a decir que un ex tecnócrata egresado de dos bancos centrales pondría ejemplo de temple y visión a los políticos más sagaces? Ni hablar, honor a quien honor merece.
De Davos recibimos historia de lo inmediato y escenarios mediatos. Se resolvió la crisis en torno a Groenlandia mediante un acuerdo tejido en la OTAN para desactivar el despropósito de que Estados Unidos se apropiara de ese territorio danés. Influyó en el desenlace la oposición de algunas naciones europeas, sin duda, pero tengo para mí que el principal elemento disuasivo fue el rechazo de la sociedad estadunidense y una probable deserción republicana. El hecho es que triunfó la sensatez y Donald Trump retiró el amago. Si uno de los propósitos de esa saga expansionista era distraer a la opinión pública, ese distractor va a necesitar otro distractor.
México optó por tener una participación de bajo perfil. La presidenta Sheinbaum prefirió quedarse en casa en vez de acudir, procurar reuniones con actores globales y proyectar la imagen que requiere para atraer más inversiones. A mi juicio, eso era más útil que complacer a su ala radical, que nunca va a entender lo que ella ya ha entendido. Como reza el apotegma que rememoró Carney, “si no estás en la mesa, estás en el menú”. Aunque el gobierno mexicano es más vulnerable que el canadiense, y no solo por la dependencia económica sino también por el enquistamiento de “narcoemisarios del pasado” que lo debilitan en la negociación, es obvio que el aislamiento no ayuda. Creo que a México le conviene demostrar que la autarquía que Trump persigue no es viable en Estados Unidos sino en Norteamérica, pero también creo que nuestro país no puede renunciar a tender otros puentes. Después de todo, es él quien exige que en el nuevo desorden internacional cada quien se rasque con sus propias uñas.