La disidente reconciliadora

Ciudad de México /

Para ganar elecciones suele ser más eficaz apelar a los sentimientos que a las ideas. Si el miedo campeó durante buena parte del siglo pasado y en él se moldearon muchas campañas, a este yo le llamo la era de la ira. La irritación de la gente se ha plasmado en el repudio al establishment de cada sociedad, y por eso los gobernantes que catalizan el enojo en no pocos países del mundo han irrumpido en la escena como outsiders, es decir, como adversarios al detestado sistema político y socioeconómico prevaleciente.

México no es la excepción. Un electorado indignado por la corrupción llevó a la Presidencia a Andrés Manuel López Obrador, quien se presentó como enemigo de “la mafia del poder”. En aras de conducir a su movimiento a repetir su triunfo en 2024, se ha dedicado desde entonces a mantener viva esa indignación. La pregunta es si la emoción predominante entre los mexicanos es hoy la misma que en 2018. Podría pensarse que después de un gobierno con aprobación popular se habría trocado enfado en alegría, como se jacta AMLO, quien dice que la gente está feliz, feliz con él. Lo cierto es que él la azuza para que siga enojada, enojada con “los conservadores” y con los partidos de oposición.

En ese orden de ideas vale preguntar cuáles son las estrategias de las dos precandidatas presidenciales. ¿Qué fibras sensibles intentan tocar? Es evidente que Claudia Sheinbaum procura afianzar su base electoral con una propuesta de continuidad, para lo cual replica parte del discurso belicoso de AMLO —“los mexicanos no quieren reconciliarse con la corrupción”—, aunque lo matiza en mensajes diseñados para limar asperezas con la clase media alienada por su mentor. En lo que no juzga necesario recurrir a ambigüedades es en resaltar que no proviene de la política sino de la rebelión estudiantil y de la lucha obradorista.

Xóchitl Gálvez también segmenta a la población y envía señales diferenciadas: hartazgo anti 4T para grupos clasemedieros y esperanza de superación para las clases populares. Yo insisto en que hay que invertir las dosis —hablar menos del primero y más de la segunda, porque su voto cautivo es bastante inelástico y el de los indecisos se inclina al otro lado— pero creo que su eslogan de “fuerza y corazón” da en el blanco: en mí ves quien eres y quien quieres ser. Ahora bien, la mejor oferta de “aspiracionismo” es la que va de la mano de la reconciliación. ¿Es anacrónico predicar amor en tiempos de cólera? En México no: los mexicanos somos renuentes al choque frontal y ya nos estamos hastiando de los insultos mañaneros. Con todo, Xóchitl, como Claudia, tampoco olvida remarcar su carácter de ajena a la partidocracia.

Mi hipótesis es que prevalecen en México sentimientos encontrados: la gente pide guerra al sistema y paz a la ciudadanía. Nadie puede ganar hoy con el estigma del orden establecido —por eso, aunque ahora lo encabeza, AMLO se empeña en parecer su eterno impugnador y proyecta a Sheinbaum como la continuadora de una transformación inconclusa— pero cualquiera puede perder instigando más pleito y polarización. Paradoja: se rechaza tanto al viejo régimen corrupto como al nuevo discurso de odio; se buscan disrupción y concordia. ¿Una disidente reconciliadora? Apuesto a que quien se gane esa imagen ganará la elección.

  • Agustín Basave
  • Mexicano regio. Escritor, politólogo. Profesor de la @UDEM. Fanático del futbol (@Rayados) y del box (émulos de JC Chávez). / Escribe todos los lunes su columna El cajón del filoneísmo.
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