La corrupción es el cáncer de México. Es el problema más grave, el más arraigado, el que más daño le ha hecho a nuestro país. He aquí el que es, acaso, el único consenso en la política mexicana. Lo han asumido el PAN, la 4T, la menguante franja intermedia en donde nos situamos los socialdemócratas a fuer de lobos esteparios, vamos, hasta el PRI. Andrés Manuel López Obrador, por cierto, lo pregonó muchas veces, aunque erróneamente lo constriñó al “periodo neoliberal”: la existencia de un sistema corrupto y corruptor ha sido y es la principal causa de las desventuras de nuestro país.
Ese amplio acuerdo en el diagnóstico termina donde empiezan las prescripciones. Peña Nieto engañó con políticas públicas alambicadas y mediatizadas y se sirvió con la cuchara grande; AMLO discurrió que bastaba extirpar el neoliberalismo y “barrer las escaleras” a golpes de voluntarismo solo para pasar de la escoba a la Barredora. Nada ha cambiado en México: la corrupción goza de cabal salud y la sociedad padece la cabal enfermedad.
Los síntomas más dolorosos de la metástasis son los que produce la violencia criminal. Y es que la existencia de una cosa pública corrompida es lo que sostiene y potencia al crimen organizado. Cierto, el lucrativo negocio de producción y tráfico de drogas ilícitas se origina en la demanda de los grandes mercados de consumidores, destacadamente el estadunidense, pero sin la complicidad de las autoridades mexicanas los cárteles no tendrían el enorme poderío del que ahora hacen alarde.
El reciente artículo de Mary Beth Sheridan en The New York Times pone el dedo en la llaga. Aunque no lo dice con estas palabras, la ex corresponsal sugiere lo que algunos hemos dicho aquí: que la presidenta Sheinbaum está atrapada entre la espada de Trump y la pared de López Obrador. Y decirlo allá es significativo. Sheridan sostiene, con razón, que “Avanzar con más firmeza contra los políticos corruptos podría enfrentarla a funcionarios del partido que podrían socavar su autoridad y debilitar a Morena de cara a las elecciones intermedias del próximo año”. No señala a CSP de ligas con los cuatroteros sospechosos ni culpa explícitamente a AMLO de ser el obstáculo para proceder contra ellos, pero alude al elocuente escándalo del capo que fue el jefe policiaco en Tabasco. Converge, así, en la duda que recorre México: ¿podrá más el sableo el muro?
La detención del alcalde de Tequila, Jalisco, sirve para saciar al espadachín con presas que no inquietan al empotrado. Es, desde luego, insuficiente; esos golpes solo convencen a los convencidos de que no hay impunidad. Si Donald Trump espera algo grande, como todo parece indicar, el gobierno mexicano tendrá que escoger el mal menor: hacerse aún más vulnerable ante el bully (corrupción es vulnerabilidad, como se volvió a demostrar en Venezuela) o malquistarse con algunas tribus morenistas. Yo no creo que Trump quiera la cabeza de AMLO, pero el establishment de inteligencia y seguridad de Estados Unidos podría escalar sus demandas sino ve en el régimen de la 4T la voluntad de actuar contra emisarios obradoristas en amasio con el narco. Es improbable, no imposible. Si ocurriera, eso sí, CSP encararía el dilema de quedarse en medio o hacerse a un lado y dejar que la espada atraviese la pared.