El populismo de izquierda cifra su legitimidad en una ilusoria superioridad moral. Sus líderes gobiernan porque los respalda el pueblo, cuya pureza virtuosa y patriotismo representan —Urbinati dixit— en la brega contra las élites corruptas y vendepatrias. Su narrativa nada tiene que ver con el debate finisecular de la socialdemocracia contra el conservadurismo. Más que presentarse como la mejor opción, a fuer de garantes de una sociedad justa, se asumen como la única alternativa moralmente válida. Acusan a la derecha de romper el tejido ético de la cosa pública y destruir la soberanía.
Ese fue el mito fundacional de la 4T. López Obrador apuntaló su credibilidad en su trayectoria opositora en la “honrada medianía” y en el hecho de que Morena empezaba a gobernar y carecía aún de historial de corruptelas. Pero la realidad le jugó las contras y terminó enlodado por gigantescos casos de corrupción que, paradójicamente, se visibilizaron en el sexenio de la sucesora elegida. Ahí terminó el delirio de la superioridad moral. Si bien hoy la inercia continúa y los programas sociales mantienen la popularidad del régimen, sus voceros no pueden descalificar moralmente a sus contrincantes sin morderse la lengua. Dos conspicuos integrantes del gabinete de AMLO —a uno de ellos le llamaba “hermano” y lo hizo presidenciable— y varios de sus gobernadores están en el epicentro de los escándalos de La Barredora, el huachicol fiscal y la complicidad con el crimen organizado. El régimen puede blandir el mantra de “primero los pobres”, pero el de la “honestidad valiente” ya voló en mil pedazos.
Uno pensaría que eso pondría fin al discurso contra adversarios “corruptos y apátridas”. Pero caray, uno piensa muchas candideces. Resulta que un movimiento con izquierdistas enriquecidos que, por lo demás y para decirlo suavemente, lidia con Trump en clave pragmática, tiene el descaro de conservar semejante petulancia. Ha decidido no investigar seriamente al gobierno de AMLO y dejar en la impunidad a sus pillos, porque la solidaridad de claque le resulta más importante que su pregonada moral, y sin embargo conserva el relato fantástico de una 4T angelical y una otredad demoniaca, particularmente risible en un país donde lo único equitativamente distribuido es la corrupción. Prefiere movilizar a su base antes que sumar simpatías externas acercando la narrativa a la realidad, aunque la polarización le ahuyente inversionistas.
Prolongar el maniqueísmo populista tiene otro efecto corrosivo, sin duda peor. Su lógica dicta que todas las decisiones deben ser aprobadas exclusivamente por el grupo hegemónico, incluidas aquellas, como la reforma electoral, que por su naturaleza exigen consenso. Si AMLO se negó a dialogar con la oposición cuando los números no le daban —de su repulsión al pluralismo nació la satanización de la disidencia—, ahora que la 4T tiene una tramposa mayoría calificada menos lo hará. A veces, cuando leo textos como el de Gerardo Esquivel sobre una reunión de la presidenta Sheinbaum con economistas de excelencia como él, ajenos a la ultra cuatrera (“Reunión inédita”, MILENIO, 26/01/26), me dan esperanzas de que las cosas cambien. Pero luego la escucho repetir las invectivas de su mentor y negarse a consensuar la reforma y se me quitan.