Milei, Trump, AMLO y el populismo

Ciudad de México /

Una selva semántica ha crecido en torno al populismo. En la medida en que se multiplican los gobiernos populistas, y con ellos los estudios del fenómeno, proliferan y se enredan las definiciones. En mi opinión ya es muy difícil argumentar que el populismo es una ideología, más allá de su ataque al elitismo y su apelación a una supuesta democracia directa. Creo que se trata fundamentalmente de una estrategia antisistema de izquierdistas y derechistas para obtener el poder por la vía democrática y ejercerlo en detrimento de la democracia representativa: enarbolan un discurso de polarización y confrontación —el pueblo contra las élites—, toman el liderazgo popular y asumen el monopolio de la representación. No admiten

intermediarios entre el líder y el pueblo y desmantelan las instituciones para habilitar el personalismo discrecional.

En este sentido, Javier Milei, el próximo presidente de Argentina, es un populista de ultraderecha. En su campaña arremetió contra “la casta”, anunció que va a “dinamitar” el banco central y varios ministerios, incluidos los de salud y educación. Su imagen de outsider y su estridencia le dieron, junto con el desastre económico de su país, la popularidad que necesitaba. Atención: las dos caras del populismo —izquierda y derecha— representan la misma moneda. Por más que lo repudie, Andrés Manuel López Obrador se parece a Milei, quien también ve el entramado institucional como un estorbo y también triunfó gracias al viejo truco populista de conquistar la devoción popular y lograr que se crea que el líder expresa la voz del pueblo, cuando en realidad es el pueblo el que adopta la voz del líder. No hay populismo sin culto a la personalidad.

AMLO, en efecto, se asemeja a Javier Milei y a su amigo Donald Trump. Destruye o se adueña de instituciones: primero los órganos autónomos y ahora la Suprema Corte de Justicia, a la que no quiere comprometida con una doctrina sino fiel a su persona. Y es que el “humanismo mexicano” que pregona es un revoltijo de ideas que solo él entiende y profesa a cabalidad y que modifica a contentillo. Por eso no le gustan los juristas republicanos y liberales de verdad —quienes entre otras cosas rechazan la militarización— y busca abogadas que avalen lo que él ordene bajo la premisa explicitada por uno de sus adláteres: siempre hay que respaldar lo que diga el jefe, aunque sea aberrante, pues su infinita sabiduría trasciende la corta visión de sus seguidores. Por eso estamos como estamos. Los presidentes de Estados Unidos, por ejemplo, inciden en la correlación de fuerzas ideológicas en la judicatura de aquel país pero no pueden imponer sus caprichos en los tribunales. Y es que los sesgos doctrinarios con base en los cuales escogen a los justices —pro life o pro choice, v. gr.— no responden a veleidades presidenciales. Trump llamó traidores a jueces que él nominó —¿te suena?— porque se opusieron a sus intentos de revertir su derrota de 2020. AMLO quiere que se elija a los jueces por voto popular para que sean parte de la marea guinda cuya brújula es la boca del profeta. Ya le tocará el turno a Milei, si se afianza.

Algunos dicen que el populismo es un remedio a la crisis democrática. A estas alturas a mí no me queda duda de que ese remedio es peor que la enfermedad.


  • Agustín Basave
  • Mexicano regio. Escritor, politólogo. Profesor de la @UDEM. Fanático del futbol (@Rayados) y del box (émulos de JC Chávez). / Escribe todos los lunes su columna El cajón del filoneísmo.
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