Morena: ¿partido o entero?

Ciudad de México /

Morena no es aún, propiamente, un partido político. Es un movimiento social que gira en torno a una figura de culto, un abigarrado conjunto de caudas colgadas de un caudillo. Su hilo conductor doctrinal es una ideología en tiempo real: el pensamiento ocurrente, de variaciones contradictorias, de Andrés Manuel López Obrador. El morenismo tiene genes priistas y perredistas —de hecho, los primeros se subsumen en los segundos— y no se sabrá cuáles son dominantes hasta que madure. Entonces se verá si su cohesión emana de un jefe máximo —PNR— o de liderazgos sexenales —PRM—, o si se desangra en pleitos de facciones —PRD— o acaba emulando al peronismo.

De pronto percibo a Morena como el remake de una película que ya vi. Las corrientes existen en el perredismo desde su fundación, aunque al principio operaban con reglas no escritas. No eran muy visibles para la opinión pública porque primero Cuauhtémoc Cárdenas y luego AMLO arbitraban y dirimían sus disputas por el poder interno. Cuando ambos adalides salieron del PRD, y con la estructura tribal ya entronizada en los estatutos, las batallas campales se exacerbaron y visibilizaron. La guerra civil se disfrazó de guerra fría durante la hegemonía de Nueva Izquierda, con animadversiones menos ruidosas pero más profundas. Pese a que el partido había encogido y a que las tribus rara vez tenían cuadros competitivos, todas peleaban furiosamente por las candidaturas -a menudo como monedas de cambio- y el encono era mayor entre ellas que con respecto a los demás partidos. ¿Cuándo se jodió el PRD?, me preguntó hace tiempo un periodista; cuando la derrota se volvió rentable, respondí con tristeza.

Morena puede seguir la misma ruta al abismo si ese ADN de sus dirigentes pesa más que su memoria. Y es que tarde o temprano AMLO saldrá de la escena, y dudo mucho que Claudia Sheinbaum se erija en nuevo factótum. El reacomodo de la correlación de fuerzas morenistas empieza a mostrarse en la elección de los candidatos a las gubernaturas y, especialmente, a la jefatura de gobierno: puros y pragmáticos se están dando con todo. Claudia es parte de los primeros pero en CdMx actúa como los segundos. Si bien sus aliados naturales juzgan inaceptables las credenciales de Omar García Harfuch, ella quiere darle la candidatura porque es el mejor posicionado en las encuestas. Aunque AMLO prefiere a Clara Brugada, se ha hecho a un lado para decir que no solo le entregó a Sheinbaum el bastón sino también el mando. Y sin embargo, las presiones de la corriente radical —en realidad son varias corrientes articuladas en torno a una causa— lo obligarán a meterse para inclinar el fiel de la balanza a un lado u otro y evitar una fractura.

Ni Claudia Sheinbaum tiene el capital político para controlar a la 4T ni AMLO puede darse el lujo de replegarse, como se ve en el caso Ebrard. Se trata de un colectivo cuya única argamasa es el líder carismático a quien todos imitan, rinden pleitesía y hasta besan la mano. Es cierto que influye nuestra cultura política, la inefable herencia de tlatoanis, virreyes, dictadores y presidentes omnímodos. Pero en lo poco que habíamos avanzado se está retrocediendo con la forja de otro partido hegemónico. Un partido que aún no es partido y ya aspira a convertirse en entero.


  • Agustín Basave
  • Mexicano regio. Escritor, politólogo. Profesor de la @UDEM. Fanático del futbol (@Rayados) y del box (émulos de JC Chávez). / Escribe todos los lunes su columna El cajón del filoneísmo.
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