La opinión pública que condena a la 4T también reprueba, por ineficaces, a los partidos de oposición de México. La ineficacia opositora de ambos proviene, a juicio mío, de un diagnóstico tan visceral como equivocado: que absolutamente todo lo que hizo Andrés Manuel López Obrador fue negativo. Soy un pertinaz crítico del legado obradorista —mis lectores saben que denuncio cotidianamente su vocación autocrática, su permisividad ante el crimen organizado, la enorme corrupción de su gobierno— pero reconozco que su política salarial y sus programas sociales fueron positivos. Lo único bueno de su gestión, si se quiere; suficiente para darle una gran popularidad. Si el enojo obnubila no se puede ver —ni cambiar— esa realidad.
En sexenios anteriores se relegó el lacerante problema de la pobreza mexicana. Con el fin de siglo llegó la decisión absurda de mantener deprimido el salario mínimo y destinar pocos recursos para la población más vulnerable. Fue una de las consecuencias del tsunami neoliberal ochentero que levantaron Thatcher y Reagan, que también empapó a México. Ese modelo provocó, además del daño económico a la mayoría de la población, un sentimiento de abandono. AMLO ganó la elección de 2018 con ese discurso e instrumentó transferencias de efectivo y aumentos al salario, y los beneficiarios no solo recibieron un dinero que no habían recibido: se sintieron visibilizados, escuchados, atendidos. Con demagogia, sin duda, pero también con alivio real.
Sin aceptar este hecho no hay manera de entender el éxito electoral de la 4T. No es casualidad que tanta gente le perdone al régimen sus guerras floridas —y percudidas—, su ostensible incompetencia y la proliferación de pillerías; es tal su satisfacción con los subsidios y con los mejores salarios que está dispuesta a soslayar esos vicios. Al mantra de “primero los pobres” se le pueden cuestionar muchas cosas —que si los apoyos debían ser focalizados, que sin inversión y crecimiento son insostenibles, lo que se quiera— pero mientras no se admita su efecto justiciero no se diagnosticará correctamente la percepción de la sociedad y, por tanto, no se prescribirá un proyecto alterno competitivo.
Al polarizarla, AMLO rompió la cosa pública mexicana. Decretó que solo había una opción a favor de los pobres, la suya, y que todo lo demás era neoliberalismo. Lo peor de esa falacia fue que muchos opositores la compraron y se corrieron a la derecha, reivindicando la política económica que le pavimentó el camino a la Presidencia. Hay derechización en América Latina, sí, pero la situación de México es distinta. Fue el enojo contra el modelo neoliberal de los 80 lo que llevó al poder al populismo de izquierda, y si la oposición ofrece el retorno de aquella receta de desigualdad le hará un favor a la 4T. No hay que proponer el regreso a un pasado injusto, hay que plantear el salto a un futuro que nos incluya a todos. Estado de bienestar y no clientelismo, democracia y no tiranía, ética política y no lucha tribal por el botín, crecimiento de la economía y no espantapájaros a las inversiones. Yo le llamo socialdemocracia, pero el nombre es lo de menos.
PD: Lo de Marx Arriaga en la SEP no es un pleito ideológico, es una lucha de poder. Y lo que proyecta es la prepotencia de quien se siente respaldado más arriba.