Cuando escucho decir que México se democratizó en 2018 se me subleva la memoria. El despertar social en nuestro país comenzó hace más de 50 años, a partir del movimiento estudiantil de 1968, y la transición democrática arrancó en 1977 con la reforma política de López Portillo y Reyes Heroles, que detonó un proceso reformador cuyo producto emblemático fue el Instituto Federal/Nacional Electoral (supongo que los sociólogos darán más importancia a lo primero y los politólogos a lo segundo). Si el recorrido acabó en 1997 -primera mayoría opositora en el Congreso- o en 2000 -primera alternancia- o si como algunos creemos no ha concluido es otra historia. Lo cierto es que el camino ha sido largo y que muchos mexicanos han contribuido a desbrozarlo.
Si erigiéramos un muro de honor de la transición tendríamos que poner ahí a los jóvenes del 68, a los sindicalistas que combatieron el charrismo, a los periodistas e intelectuales que publicaron las primeras críticas al presidente de la República y su partido hegemónico. También a las organizaciones de la sociedad civil que contribuyeron a constituir una ciudadanía informada y participativa. Y más allá de ideologías -la brecha de la democratización en México se abrió a diestra y siniestra, a machetazos de libertad- deberíamos incluir a la oposición política: el Partido Acción Nacional bregó en el siglo pasado por la democracia contra viento presidencialista y marea priista, como lo hicieron las izquierdas que convergieron en el Partido de la Revolución Democrática. Hubo muchos personajes valiosos lo mismo entre los “místicos del voto”, como llamaba Ruiz Cortines a los panistas, que entre los “peces” y demás precursores del Frente Democrático Nacional (además, por qué no decirlo, hubo quienes desde dentro del sistema apoyaron el cambio).
Recordé todo esto hace unos días, durante la presentación del nuevo libro de Cuauhtémoc Cárdenas, quien tendría que estar en un lugar prominente de ese muro (para verlo hay que abanicar el humo que deja la pirotecnia que celebra la democracia mexicana como si hubiese irrumpido súbitamente hace cuatro años). Después de leer el texto de Cárdenas (Por una democracia progresista, Debate, 2022), que tuve el privilegio de presentar en la Universidad de Monterrey, llegué a la conclusión de que detrás de cada una de sus reivindicaciones de la Revolución están las razones y la convicción de un hombre lúcido y congruente. Concluí también, tras cotejar sus dichos y sus hechos, que con El Ingeniero -con esas mayúsculas que llegan a la prosodia- se puede coincidir o discrepar, pero sin él no se puede explicar la transición mexicana. Y es que su papel histórico como uno de sus principales artífices es insoslayable.
Vayan estas líneas en aras de la perspectiva. Para los jóvenes, como dicen por ahí. Para que no permitamos la demolición del INE, baluarte institucional de nuestra aún precaria democracia. Para entender que tenemos que enmendar, no destruir. Para rechazar el absurdo de la generación espontánea. Digámoslo sin ambages: nuestra democratización viene de lejos; lo que se inició en 2018 fue la sublimación de una restauración autoritaria emprendida en 2012, un paréntesis que va a cumplir doce años y que debemos cerrar para retomar nuestra democratización.
@abasave