Sin él no compiten, con él no ganan

Ciudad de México /

A los mexicanos nos debe interesar, y mucho, la suerte de Donald Trump. Por eso esgrimo aquí dos tesis sobre su futuro. La primera es una obviedad: cuando un país pasa por una situación económica crítica, o que la población percibe como tal, la economía se vuelve la variable electoral determinante y, a menudo, provoca la derrota del partido en el poder. Este parece ser el caso de los republicanos en Estados Unidos. La segunda aplica al populismo: un gobernante puede ser muy fuerte al interior de su movimiento y muy débil ante el electorado en general. Esta, a juzgar por las encuestas, es la realidad en Mar-a-Lago y en Washington. Veamos.

Si bien la tasa de aprobación de Trump ha caído a los treintas bajos, él sigue teniendo el control de su partido. Se dan rebeliones aquí y allá pero la férula es suya. En las recientes primarias rojas logró derrotar a varios de sus adversarios internos, empezando por Thomas Massie, el emblemático congresista de Kentucky. Cara disidencia: para los moderados, oponerse a los designios presidenciales sigue siendo políticamente mortal. Donald Trump se jacta de lo que sentenció en 2016: podría dispararle a alguien en la quinta avenida de Nueva York y no perdería seguidores. Su voto duro, el del movimiento Make America Great Again (MAGA), es durísimo.

Al mismo tiempo, no obstante, se ha derrumbado la coalición que lo llevó de regreso a la Casa Blanca. Los independientes y las minorías que votaron por él e incluso algunos de sus ideólogos le han dado la espalda, y la guerra en Irán aparece como la principal razón. Pero no lo es tanto por el rechazo de MAGA a las intervenciones militares prolongadas (foreverwars) cuanto por el aumento de los precios de la gasolina provocado por esa aventura bélica, que agudiza la carestía que ya habían desatado los aranceles. Es decir, son factores económicos los que amenazan con defenestrar a los republicanos en las intermedias de noviembre.

La política exterior no está moviendo la aguja. Tampoco los desplantes trumpianos de revanchismo y megalomanía le están restando simpatía entre los suyos, por más que enfurezcan a los demócratas. Es la economía. Ahora bien, pese a que se ha exacerbado el repudio a una guerra que se juzga innecesaria y costosa, a un proteccionismo que no ha recuperado fábricas y sí ha roto cadenas de suministro y a los desplantes de nula empatía y las persecuciones, la base social de Trump se mantiene. El problema, claro, es que su tercio de votantes es insuficiente para ganar la mayoría del Congreso.

Donald Trump mete a sus correligionarios en un dilema: sin él difícilmente pueden ser candidatos, con él difícilmente pueden ganar elecciones. Y es que se ha gestado una coyuntura económica crítica, y aunque se diga que es más de percepción que de fondo —no muy distinta en este sentido a la que se presentó al final del gobierno de Joe Biden— queda claro que las subjetividades microeconómicas también llevan a situaciones límite. Que me disculpe Carville por sobar por enésima ocasión su frase, pero no encuentro otra forma de decirlo: es la economía, estúpidos. Y que me perdonen Bono y U2 por usar su canción para describir el drama del Partido Republicano frente a Trump, que no puede vivir sin él ni con él: I can’t live/ With or without you.


  • Agustín Basave
  • Mexicano regio. Escritor, politólogo. Profesor de la @UDEM. Fanático del futbol (@Rayados) y del box (émulos de JC Chávez). / Escribe todos los lunes su columna El cajón del filoneísmo.
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