El gobierno de México se ha endurecido frente al de Estados Unidos por razones políticas, no éticas. Más que perder la soberanía le preocupa perder el poder. La 4T se sabe vulnerable por los ostensibles vínculos de varios de sus representantes con el crimen organizado, y está decidida a protegerlos para protegerse. No habrá depuración porque eso implicaría embarrar a su fundador y al movimiento: se salvan todos, empezando por los embarrados, o no se salva nadie.
Andrés Manuel López Obrador no esgrimió el soberanismo cuando Donald Trump le exigió hacerle el trabajo sucio: acató indignamente sus designios. Fue indigno ceder soberanía para complacerlo con el despliegue en nuestro territorio de un muro militar que detuviera por la fuerza a los migrantes, como lo fue convertirnos en los hechos en tercer país seguro; eso fue más indigno que extraditar políticos mexicanos para ser procesados por la justicia estadunidense. También fue indigno que el presidente de México aceptara ir a la Casa Blanca a hacerle un acto de campaña electoral al presidente de Estados Unidos que había insultado y maltratado a nuestros paisanos; fue más indigno que aceptar injerencias recíprocas. Pero AMLO no tuvo reconcomios patrióticos cuando concedió todo eso; lo hizo con el pragmatismo en ristre y la moral arrumbada en el bolsillo donde llevaba su pañuelito blanco.
Que la 4Thaya decidido plantarse ante Trump, con la consigna de AMLO notificada en su carta del 3 de junio, se explica por su aferramiento al poder. La retórica del soberanismo es un ardid para legitimar la decisión pragmática de pelear con uñas y dientes —digamos que defender con los dientes lo que se obtuvo con las uñas— su permanencia en el gobierno. Sus jefes están dispuestos, ahora sí, a confrontar a la super potencia a costa de poner en riesgo la revisión del T-MEC porque saben que si se devela la corrupción y la complicidad criminal de los suyos se derrumbará su hegemonía. No es una reacción contra el intervencionismo, que fue mayor en las exigencias trumpianas que derivaron en concesiones obradoristas; es que en esta ocasión está en juego el control del aparato gubernamental, no los derechos humanos de los migrantes, y caray, hay de causas a causas para envolverse en la bandera.
No, Donald Trump no ha cambiado, como dice la carta de marras. Es el mismo con el que lidió AMLO, el que enjauló niños migrantes y los separó de sus padres, solo que en su segunda presidencia enfrenta menos contrapesos —esos enemigos del populismo— puesto que ha ensanchado su margen de maniobra autoritaria casi tanto como lo hizo su colega populista en México. Eso de que Trump perdió su antigua bonhomía es una sandez o, mejor dicho, una coartada para lavarse la cara. AMLO lo defendió hasta la ignominia porque a cambio de sumisión logró algunas ventajas —para él, más que para los mexicanos— y nos quiere vender el cuento de que elogiaba a un hombre bueno al que sus perversos asesores volvieron malo. ¡Por Dios! Ayer defendió a un personaje indefendible que se hizo de la vista gorda ante sus tropelías; hoy cuestiona al mismo personaje porque la nueva realidad lo llevó a exhibir la narcocorrupción de sus operadores.
Es la soberanía entendida como el supremo poder de un proyecto transexenal. La soberana perpetuidad.