Aterrizamos en Monterrey en pleno verano. Las vacaciones habían sido cortas, pero intensas.
La despedida de la familia triste. Las niñas comenzaban el colegio pocos días después. El calor resultaba insoportable. Aunque veníamos avisados, no es lo mismo ver 40 grados sobre el papel que sentirlos en tu piel. Imposible deshacerse de él más que debajo del chorro del aire acondicionado. Ni siquiera las duchas frías aliviaban, porque el cuarto de baño, que no tenía climatización, era un horno. Dejando el calor aparte, lo que más sorprende al recién llegado son las montañas. Ahí entendí lo de Monterrey. La Huasteca, el Cerro de la Silla, el cerro de las Mitras, la Sierra Madre... montañas que se erigen esplendorosas a los cuatro costados, impactando al visitante. Los mil 500 metros de desnivel a la vista que ofrece la ciudad se pueden encontrar en pocos lugares del mundo. Por la noche me sentaba mirando el Cerro de la Silla.
Todo era extraño, pero tenía algo mágico. Antes de venir aquí no sabíamos casi nada de la ciudad.
Para comenzar diré que el español que aterriza en México suele venir asustado. Yo, con dos hijas a mi cargo, vine asustada. Las noticias que llegan al otro lado del océano siempre están relacionadas con el narcotráfico, los secuestros, los ajusticiamientos y ahora los huachicoleros.
“Un país peligrosísimo”, me decían unos. “¿Llevarás escolta?”, me preguntaban otros. Yo les miraba perpleja. Pero una vez aterrizas te vas dando cuenta de que la información que se recibe en España es incompleta. Nunca puedes juzgar un país por las estadísticas o lo que dice el telediario. Al poner el foco en lo malo, se olvidan de todo lo bueno.
Las primeras semanas siempre son las más duras. Todo es extraño, provisional y aunque hagas esfuerzos por obviar las diferencias siempre las encuentras. Para mí, lo más incómodo fue sin duda la escasez de zonas de paseo y la omnipresencia del coche. Imagino que eso hace que seamos asiduos a San Pedro de Pinta o Fundidora.
Pero cuando superas la fase en la que te sientes extranjera, conoces a gente, ya no necesitas GPS, tus hijas tienen amistades y sabes llegar sin perderte a la piñata de tal compañera del salón, comienzas a disfrutar de todo lo bueno que te ofrece el país porque ya lo has convertido en tu hogar.
Pero sin duda, lo mejor de Monterrey, y de México en general, es su gente. Te recibe con los brazos abiertos y se esfuerza por hacerte el camino más fácil. Solo los que hemos tenido la oportunidad de vivir fuera, lejos de nuestros países de origen y con niños pequeños a nuestro cargo, sabemos verdaderamente la soledad que puede sentir el expatriado. México transmite una calidez que no siempre es fácil de encontrar cuando eres extranjero.
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Ainhoa Moll
Monterrey /
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