Durante años, la multipropiedad en el futbol mexicano fue presentada como un mal necesario. Una solución práctica para salvar franquicias y mantener plazas con vida, pero ya ese argumento no alcanza.
Las nuevas reglas plantean un escenario de supervivencia, pero también de movimientos políticos. Bajo presión directa de la FIFA, la Federación Mexicana de Futbol se vio obligada a hacer lo que durante años evitó, es decir, poner orden. Los nuevos criterios dictan que quien tenga más de un club deberá elegir, vender o desprenderse, sin simulaciones.
En ese reacomodo forzado, el Club Puebla vuelve a quedar en una posición incómoda, bajo la posesión del empresario Ricardo Salinas Pliego. No es una novedad, lo distinto es el contexto pues esta vez el margen de maniobra es mínimo y el riesgo, máximo.
El Puebla FC rara vez fue prioridad para el Grupo Salinas; casi siempre sirvió de accesorio. Las decisiones importantes se tomaban en otro lado.
La venta del Mazatlán parecía haber despejado el panorama y muchos dieron por superado el tema. Sin embargo, los movimientos recientes, como la renuncia de Rogelio Roa, reactivaron las alarmas. La posibilidad de que el equipo sea puesto en venta y eventualmente trasladado ya no es una especulación menor.
El escenario es inquietante al avizorar un Puebla... sin Puebla, un Estadio Cuauhtémoc convertido en elefante blanco; y una ciudad sin futbol de primera división.
Porque el Puebla de la Franja no es solo un equipo que pelea la permanencia en la primera división. Es una marca histórica del futbol mexicano. El “grupo camotero” representa identidad, memoria y una afición que ha sobrevivido a descensos, crisis financieras y decisiones erráticas. Su salida tendría un impacto que va más allá del deporte.
El golpe sería social y político. El gobernador Alejandro Armenta lo sabe. El Puebla es uno de los pocos símbolos que aún cruzan clases sociales, edades y regiones del estado. Su ausencia dejaría un vacío difícil de llenar.
Cuando un equipo se va, se instala la narrativa del fracaso institucional.
No hay que dejar de lado que Ricardo Salinas puede usarlo como una medida de presión o bien como una venganza al no lograr que se cumplan sus peticiones de negocios en otros rubros. Para nadie es un secreto que el empresario es un actor acostumbrado a usar sus activos como fichas de cambio.
Y como siempre, la afición es la última en ser consultada.