Acapulco, el otro huracán

Ciudad de México /

Al amanecer del miércoles 25 de octubre, una acción concertada ocurría en todo el territorio con el que el huracán Otis arrasó esa misma madrugada.

Era imposible imaginar que en toda la zona devastada la población haría lo mismo, al mismo tiempo, en los mismos lugares: salir a robar. Acabaron con todos los Oxxos, supermercados y hasta tiendas departamentales. Gasolineras, boutiques de ropa, agencias de motos y automotrices. Cualquier negocio con los vidrios rotos o fácil de traspasar fue vaciado. Ninguna autoridad pudo evitar el saqueo en cualquier rincón de Acapulco, desde la caseta de La Venta, pasando por Punta Diamante, la costera Miguel Alemán, el centro y hasta en Pie de la Cuesta.

Ocurrió a pesar de que no había internet, teléfono, ni electricidad. La población no tenía manera de chatear, revisar redes sociales o ver la televisión, por lo que resultaba imposible que su actuar se mimetizara en un territorio tan amplio. Tampoco había manera de transitar de un lado a otro, árboles y escombros obstruían los caminos.

Día y medio después del paso de Otis, el jueves 26 de octubre, llamó mi atención un grupo de jóvenes que salía con mercancía de un supermercado. Al caminar junto con mi compañero camarógrafo Hugo Armando López, sujetando la cámara, nos gritaron: “no nos graben, somos rateros”. Creíamos que la necesidad y la desesperación ante lo que vivieron dos noches antes provocaba conductas de ese tipo. Pero no. Sí eran rateros.

Lo ocurrido se trató de un segundo huracán, al que no se puede culpar de imprevisible: el crimen organizado, que actuó con rapidez, a diferencia de la autoridad que no atendió la emergencia de forma inmediata, ni resguardó a los afectados, los negocios, ni los productos de primera necesidad.

Los grupos criminales que tienen el control del puerto utilizaron sus dispositivos de radiocomunicación. A su base social. Y de paso arrastraron en sus actos a cientos de miles de pobladores que al ver lo que pasaba se sumaron al hurto o a tomar lo que creían que iban a necesitar.

Elementos de seguridad municipales, estatales o federales prefirieron ignorarlos que enfrentarlos. Días después se restableció el orden.

Si Otis evidenció la falta de prevención y acción inmediata ante un desastre natural de grandes proporciones, el segundo huracán que azotó Acapulco debe ser un grito de auxilio ante la capacidad con la que el crimen puede operar en medio de una tragedia.


  • Alejandro Domínguez
  • alejandro.dominguez@milenio.com
  • Periodista por pasión. Dirijo y conduzco #AlexEnMilenio L-V #22hrs. Escribo la columna #RecuentoDeLosDaños cada martes. Profesor en la Universidad Iberoamericana
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