Un minuto de silencio

Ciudad de México /

Entre los escombros de un edificio en La Guaira, Venezuela, un hombre gritaba “¡ayuda!, ¡ayuda!”. La voz sonaba ahogada, y muy lejana.

Lo ejemplifico: imaginen que están en la calle frente a una casa, y desde adentro, en el sótano o el ático, alguien grita dentro de un armario y ustedes lo alcanzan a escuchar. Pero no hay forma de poder entrar, ni ayudarlo. 

Esa sensación de querer hacer algo sin poder avanzar vivieron decenas de rescatistas y habitantes al menos las dos horas que esperé ahí frente a los restos del edificio Coral Bella.

La voz de Omar no se volvió a escuchar. Grupos de rescate venezolanos, colombianos y argentinos lo intentaron sin éxito.

“Omar, ¿puedes escucharme? Estamos aquí para ayudarte. Si puedes escucharme haz ruido o grita”, le pedían asomados por uno de los huecos que había entre losetas, paredes y escombro. 

Escenas similares me encontré en todo mi recorrido por La Guaira. Kilómetros de destrucción y devastación que no tienen comparación con otro sismo o terremoto en mi memoria. 

Aunque han ocurrido rescates de personas con vida a casi una semana de la tragedia, para la mayoría de las familias lo que hay son malas noticias.

Sin casa, sin cosas, sin familia. Intentando ayudar entre los escombros, esperando afuera de las construcciones, de los hospitales o de la morgue.

La tragedia que poco a poco va cobrando mayor relevancia en el mundo ya agrupó a países con ideologías políticas contrarias. Representantes de todas partes del mundo con experiencia en búsqueda y rescate han ingresado para ayudar y desde su país, incluyendo México, se ha mostrado toda la disposición para seguir contribuyendo. Al final, este no es solo un problema de Venezuela, sino de la humanidad. 

Como suele ser la naturaleza, la tierra se sacudió sin avisar, y dos veces con gran intensidad. En un momento en que la atención de la mayoría está puesta en el futbol. Una fiesta que ha regalado mucha alegría y celebración.

La FIFA, que se ha enriquecido con el torneo, dedicó solo un minuto de silencio al inicio de algunos partidos y lo hizo dos días después de los sismos. 

Un minuto de silencio es suficiente para escuchar el grito de ayuda de entre los escombros, pero no para sacarlo de ahí. 

¿No sería pertinente convocar a ayudar, fungir como donataria y alentar el esfuerzo, el trabajo en equipo y orientar el fair play a una tragedia sin precedente?

Aprovechar su visibilidad para que Venezuela no quede olvidada. Aunque deje de gritar como Omar.


  • Alejandro Domínguez
  • alejandro.dominguez@milenio.com
  • Periodista por pasión. Dirijo y conduzco #AlexEnMilenio L-V #22hrs. Escribo la columna #RecuentoDeLosDaños cada martes. Profesor en la Universidad Iberoamericana
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