Estados Unidos pretende liderar el combate contra el crimen organizado en Latinoamérica con una docena de países que se pusieron de tapete el fin de semana durante la cumbre “Escudo de las Américas” en Doral, Florida, y los esfuerzos que, en conjunto, ya realiza con México, sin muestras ni intenciones de incidir en el consumo de esas sustancias.
Seguramente habrá más operaciones como las que vimos la semana pasada en Ecuador, pero que poco contribuyen en disminuir la demanda por las drogas que esos grupos criminales venden.
El principal mercado lo tiene Estados Unidos, donde los delincuentes no inyectan, ni obligan a los consumidores a drogarse. Hay compradores dispuestos a seguirlos financiando y cuentan con un ejército de distribuidores de su mercancía. Poco se habla de operativos para terminar con ese negocio criminal de aquel lado de la frontera.
México también representa un mercado importante, principalmente en destinos turísticos como Cancún y la Riviera Maya, Los Cabos y Acapulco, donde apenas ayer la Marina incautó dos toneladas de cocaína frente al puerto.
En la entrevista que la semana pasada realicé al presidente de Costa Rica, Rodrigo Chaves, explicó que la violencia en su país obedece a la disputa interna de al menos 300 organizaciones criminales dedicadas al narcomenudeo, evidenciando que la oferta de esa droga busca surtir a los turistas que visitan el país centroamericano.
Los esfuerzos conjuntos con Estados Unidos o que en solitario hagan países como México para incautar drogas y armamento, desmantelar laboratorios, pegarle a las finanzas y atrapar o matar a los capos del narcotráfico resultarán insuficientes si persiste un mercado que demande la droga.
Así que en lugar de reuniones de cuates en campos de golf, habría que impulsar encuentros con especialistas en salud pública, política de drogas y estrategias de atención a las adicciones.
¿Cuál será la mejor forma de erradicar esta problemática? ¿La prohibición y penalización del consumo? ¿La regulación de su venta y consumo responsable?
A todos beneficiaría este debate y los acuerdos se materializarían en una política de drogas regional, hemisférica (como tanto les gusta a los estadunidenses), que sí le dé en la torre al narco, y a la vez proteja a los consumidores del mercado ilegal. Porque mientras se intenta frenar al narco nadie está deteniendo el consumo.