En esta era de reflectores cegadores, selfies interminables y transmisiones en vivo que no terminan nunca, hay funcionarios que miden su gestión con el llamado aplausómetro: likes en redes sociales, flashes de celulares y emojis de palmaditas. Pero la función pública no es circo de tres pistas ni escaparate de vanidades personales, es una obligatoriedad cruda, un mandato popular que no busca ovaciones fáciles, sino resultados que se sientan en el día a día de la población.
Quien ocupa un cargo público no es estrella de telenovela, influencer de fin de semana ni sujeto de aplausos perpetuos. Idealmente son representantes del pueblo, elegidos o designados para servir sin esperar fanfarria.
El servicio público es una deuda contraída con la ciudadanía, no una fiesta de egos inflados ni un desfile de selfies con filtro.
Imagínese la escena: el personaje que presume vehículos relucientes y uniformes impecables mientras las calles se convierten en ríos de lodo en la primera lluvia; o quien organiza eventos multitudinarios mientras planteles u oficinas públicas claman por un poco de atención; o incluso legisladores que presumen fotos en inauguraciones o con otras personas del mismo tipo y calibre mientras la gente, sus representados, andan por la vida buscando soluciones a problemas que en algún momento se comprometieron a resolver y olvidaron apenas llegaron a la silla.
Eso no es gobernar, es pura pose.
El verdadero termómetro de la política seria no mide decibeles de aplausos, sino el silencio elocuente de las cuentas claras y entregadas: ¿se avanzó en las obras?, ¿hay real atención a los sectores vulnerables?, ¿hay un servicio de transporte público digno, eficiente y limpio?, ¿hay suficientes aulas?, ¿se ha gestionado lo mínimo indispensable o solo hacen como que trabajan? Los funcionarios deben rendir cuentas sin orquesta ni reflectores: se necesitan hechos y es urgente abandonar los discursos empalagosos.
En Hidalgo, tierra de contrastes y memorias largas, hemos sido testigos de todo tipo de espectáculos políticos. Hemos visto promesas que se desvanecen más rápido que el tepache en día de calor, funcionarios que confunden el cargo público con un trono heredado, y eventos inaugurales donde el único beneficio real es el banquete publicitario o propagandístico y la posterior foto en los medios y las redes.
Recordemos esos casos donde la imagen sustituye las acciones, o donde el aplauso rentado tapa los reclamos de quienes llevan días o semanas sin agua potable. ¡Basta ya de aplausómetros!
La política auténtica es para servir a la gente, no para montar espectáculos vacíos que solo alimentan el descrédito general.
El rechazo popular, cuando llega, es el aplauso que verdaderamente resuena: el voto informado en contra, la protesta organizada en las plazas, el silencio colectivo que dice más que mil halagos comprados. Quienes entienden esto del servicio público caminan sin necesidad de focos; su mejor reconocimiento es la confianza renovada de la ciudadanía que ve sus problemas resueltos, no eludidos.
Si no captan este mensaje básico, que se vayan al teatro, donde los aplausos al menos pagan boleto y el telón cierra la función.
En la arena real de la función pública, solo cabe el trabajo silencioso y efectivo. Punto