Dolor que sana

  • En Corto
  • Alejandro Maldonado

Estado de México /
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No soy teólogo ni pastor; solo soy un cristiano que necesita de Jesús cada día, consciente de mis heridas y de mi fragilidad. He vivido dolores físicos intensos, pero sé que el dolor del alma es más profundo y persistente. El dolor por la ausencia de un ser amado es brutal; el de la culpa, abrumador; el de una madre que ve a su hijo de seis años sufrir leucemia, inenarrable; el de la traición de alguien cercano, deja sin aliento. Confieso mayoría del sufrimiento que acompaña mi vejez es consecuencia de malas decisiones del pasado. Sin embargo, Dios no es indiferente y de continuo se las ingenia para demostrarme su cercanía.

C.S. Lewis describió el dolor emocional con claridad: “El dolor mental es menos dramático que el físico, pero más común y difícil de soportar… es más fácil decir ‘me duele un diente’ que ‘tengo el corazón roto’.” Tarde o temprano todos enfrentamos ese quiebre interior que nos deja vulnerables y preguntándonos si puede haber algo bueno en el dolor.

El Dr. Paul Brand, que vivió con leprosos en India y Estados Unidos, descubrió que la lepra no destruye directamente la carne. Ataca y mata las terminales nerviosas, eliminando la sensibilidad al dolor. Sin esa alarma, los pacientes se autodestruían sin darse cuenta. Por eso decía: “El dolor es un reflejo a favor de la salud. ¿Quién iría a buscar al médico si no fuera por el dolor?”

Lo mismo ocurre con el alma: El dolor puede llevarnos a Jesucristo, quien es “varón de dolores, experimentado en quebranto”, (Isaías 53:3). Él sufrió hambre, cansancio, rechazo y pobreza: “Las zorras tienen guaridas… mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar su cabeza” (Mateo 8:20). Sanó a multitudes, pero permitió que su cuerpo fuera destrozado para darnos su perdón: “Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados” (Isaías 53:5). En Getsemaní les dijo a sus discípulos: “Mi alma está muy triste, hasta la muerte” (Mateo 26:38), y de su rostro cayeron gotas de sangre mientras oraba al Padre en agonía.

Jesucristo conoce el sufrimiento mejor que nadie. Por eso puede ayudarte, sostenerte y acompañarte hasta tu último aliento, para luego llevarte al lugar que prepara para ti. Pídele ahora mismo que te perdone, te salve, venga a morar a tu corazón y haga su maravillosa obra en tu vida.


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