Muchas personas optan por un dios complejo, invisible, iracundo, misterioso, exigente, y distante. Un dios que demanda sacrificios, ritos, dogmas, ofrendas, peregrinaciones, juramentos, y toda clase de esfuerzo personales. Un dios al que solo se puede acceder mediante un intermediario religioso.
Pero el único y verdadero Dios, nada tiene que ver con todo esto. De hecho, él hizo las cosas de tal manera que se le pudiera ver, oír, y tocar. Hace poco más de 2 mil años, Dios llegó a este, su mundo, en cuerpo humano… alcanzable, disponible, vulnerable. Jesús, quien dividió la historia en dos, “antes y después” de Él, vino para ponernos en contacto con un Dios personal, amoroso, compasivo, misericordioso, paciente.
Jesús, la imagen del Dios invisible y por quien fueron creadas todas las cosas, venía para darse a sí mismo en favor tuyo y mío. ¿Has considerado cómo nació? ¿Qué dignatario, -por pequeño que fuera su reino-, permitiría que su hijo naciera en un establo?¿Imaginas las condiciones del lugar? Caminar entre excretas, y acostar a un recién nacido en un pesebre con babas de animales.
El unigénito de Dios nació en un establo; en un pueblo insignificante bajo el yugo romano. Por si fuera poco, su nacimiento fue virginal. Eso generó que creciera en medio de murmuraciones, señalamientos, y cruentos chismes. En cuanto a su físico, Jesús podía fácilmente pasar desapercibido.
¿No lo crees? Esto dice la Biblia: “No hay parecer en Él, ni hermosura; lo veremos, más sin atractivo para que le deseemos”. Luego encontramos que en el plano material, Jesús no tenía ni donde recostar su cabeza. ¿Y qué de su muerte? Es fácil colgarse una hermosa cruz de oro en el cuello; pero, ¿morir en una hecha con toscos polines de madera? Hoy lo peores criminales mueren de mejor manera con la inyección letal.
Entonces uno se pregunta: ¿Por qué Dios? ¿Por qué? Y la respuesta es: “Por amor”. Dios decidió identificarse con nosotros en la forma más humilde. Vivió una vida perfecta; cargó con nuestros pecados, llevó nuestro castigo, y resucitó al tercer día. Y lo mejor: Quiere entrar a nuestro nauseabundo corazón para limpiarnos, acompañarnos hasta el fin, y luego, llevarnos al cielo.
Jesús es invaluable, pero se ofrece gratuitamente a ti. Cree en él; recíbelo en tú corazón, y serás salvo.
Jesús
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Alejandro Maldonado
Toluca /
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