La vacuna

  • En Corto
  • Alejandro Maldonado

Estado de México /
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Recuerdo a Benjamín, mi compañero de primaria. Aunque animoso, era incapaz de participar en los juegos del recreo: La poliomielitis había dañado gravemente una de sus extremidades. Hoy la polio pertenece a un pasado marcado por dolor y miedo. Hasta los años sesenta afectó a decenas de miles de personas; entre quienes quedaban paralizados, entre 5 y 10% morían cuando la parálisis alcanzaba los músculos de la respiración. De ahí los “pulmones de acero”, donde miles vivieron por años o incluso décadas. El terror no provenía solo de la mortalidad, sino de la invalidez visible y permanente. Un caso emblemático fue el del presidente Franklin D. Roosevelt, quien contrajo la enfermedad a los 39 años y quedó paralítico de la cintura hacia abajo el resto de su vida.

El terror se disipó cuando el Doctor Jonas Salk anunció en 1955 la eficacia de su vacuna. En televisión, al preguntarle sobre la patente, respondió con humildad: “Es de la gente. No hay patente. ¿Se puede patentar el sol?”. Pese a los años de investigación, rechazó convertir el hallazgo en negocio. El Doctor Albert Sabin, creador de la vacuna oral contra la polio, adoptó la misma noble postura y la llamó “su regalo para los niños del mundo”, renunciando ambos a fortunas incalculables.

En la actualidad persiste una enfermedad más grave que afecta a todo ser humano. Nos acompaña desde que nacemos y se desarrolla con los años. Es letal en lo físico y espiritual, dañando al enfermo y a quienes le rodean. Se trata del pecado: “Por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios; porque la paga del pecado es muerte; no hay justo ni aún uno”. (Romanos 3:23, 6:23, 3:10). Lo trágico es que, aunque existe “una vacuna” que es gratuita y universal, muchos la rechazan con vehemencia al negar el diagnóstico divino.

Si te encuentras “paralizado” o sientes que no puedes ni respirar a causa de tus malas decisiones, reconoce tu condición y pídele a Jesucristo que te perdone, salve y te de nueva vida. Él tomó tu enfermedad y pagó tu redención con su sangre derramada en la cruz. A Dios le costó todo, pero te ofrece redención gratuita porque te ama: “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8).

Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo.


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