¿Has visto esta frase en publicaciones diversas, películas y lápidas de tumbas? Las iniciales corresponden a la expresión en latín "Requiescat in pace", que literalmente significa: "Que él, o ella, descanse en paz".
Por simple sentido común sabemos que un muerto no puede hacer absolutamente nada porque muerto está. En consecuencia, un muerto no puede cansarse ni descansar. Entendemos entonces que la frase se refiere a algo inmaterial: El alma humana; la que, al separarse del cuerpo, enfrenta una eternidad con Dios, -para quienes creyeron en Cristo-, o apartada de Él, para quienes lo rechazaron.
Dios nos ama y quiere que estemos a su lado para siempre. Para eso, desde aquí debe comenzar nuestra experiencia con la paz. El profeta Isaías, en una clara referencia a Jesucristo, escribió: "Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz" (Isaías 9:6).
La verdadera paz nunca podrá hallar firme sustento en las circunstancias que nos rodean, sino en quien la personifica: Jesucristo. Él mismo dijo: "La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo" (Juan 14:27).
Vivimos en un mundo plagado de sufrimiento, angustias, injusticias, desigualdades, inseguridad, conflictos, enfermedades y muerte. La razón detrás de todo esto es el pecado, tanto el nuestro como el de otros. No hay manera de tener paz verdadera sin obtener perdón de pecados, y eso es algo que solo Jesucristo puede darnos. Él vivió la vida perfecta que nosotros jamás podríamos vivir y, voluntariamente, se ofreció en la cruz para tomar nuestro lugar. Allí recibió el juicio y el castigo que nosotros merecíamos, para otorgarnos perdón y paz eterna: "Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios" (1 Pedro 3:18).
No merecemos la paz eterna, pero Dios nos la ofrece gratuitamente mediante la fe depositada en Jesucristo y su obra a nuestro favor en la cruz. A Él le costó todo; a nosotros nos toca creer y apropiarnos de Cristo. Él dijo: "Consumado es". La paz eterna está a tu alcance y te dice: “Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo”. Ábrele ahora tu corazón y clama a Él.