Ruido y agitación

  • En Corto
  • Alejandro Maldonado

Estado de México /

Estamos rodeados de ruido. Las tecnologías devoran nuestro tiempo. Las voces se multiplican y es fácil comenzar y terminar el día deslizando la pantalla para “enterarnos de todo”. La agitación viene con ello. Los contenidos que consumimos nos abruman, preocupan, distraen y moldean la percepción de nosotros mismos; y a veces nos esclavizan con lo destructivo.

No importa el lugar ni la ocasión: la mayoría vive pegada al celular y a las redes. Hay que revisar los likes de lo que publicamos, contar seguidores, criticar y pelear, mensajear a “amigos” que casi nunca vemos, enterarnos de la vida ajena. Así se alimentan la envidia, los celos, las pasiones y los temores. La adicción es real. Nos escondemos tras perfiles para agredir, insultar, burlarnos o sumergirnos en la lujuria sin control.

En medio de ese bullicio, aún es posible escuchar la voz de Aquel que nos creó y nos ama a pesar de conocernos. Lo que más necesitamos no es tratar de mejorar nuestra imagen ante los demás, sino ser rescatados de lo que realmente somos. El pecado ha dejado su marca y produce muerte espiritual y eterna. Seguir ocupando el tiempo sin detenernos a reconocer la magnitud de este problema es gravísimo.

Necesitamos escuchar la voz de Dios para ser rescatados, restaurados, perdonados, liberados y transformados. El tiempo sigue contándose desde el nacimiento de Jesucristo, y no es casualidad. Dios hecho hombre irrumpió en la historia no para resolver asuntos políticos, económicos o ambientales, sino para buscar y salvar a los perdidos; es decir, a ti y a mí. Vino a demostrar su amor hasta el extremo: permitió ser crucificado para darnos, gratuitamente y por fe en Él, perdón de pecados y vida eterna.

«De éste dan testimonio todos los profetas, que todos los que en él creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombre» (Hechos 10:43). No son las redes sociales las que te darán vida y propósito; ni tampoco lo harán la fama, las relaciones, el poder, la influencia ni las riquezas. Buscar fuera de Dios la solución a nuestra condición, es inútil: “Porque dos males ha hecho mi pueblo: me dejaron a mí, fuente de agua viva, y cavaron para sí cisternas, cisternas rotas que no retienen agua”, (Jeremías 2:13).

Jesucristo te llama ahora mismo. Cree en Él y recibe su perdón y nueva vida.


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