Nací en el sexenio de Miguel de la Madrid, crecí en las administraciones de Carlos Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo, entré a la universidad y voté por primera vez durante el mandato de Vicente Fox, me desarrollé profesionalmente a lo largo de la administración de Felipe Calderón y colaboré como funcionario público en el sexenio de Enrique Peña Nieto.
Más allá de la idea que cada quien tiene sobre la institución presidencial, el común denominador que debe existir en toda sociedad es el necesario (muy recurrentemente olvidado) respeto y cuidado hacia tan importante institución.
Muchas décadas han pasado para que los mexicanos contemos con un Poder Ejecutivo consolidado. Varios presidentes vieron su mandato amenazado, algunos de ellos incluso terminado prematuramente. Se dice fácil, pero el hecho de que hoy contemos con una Presidencia firme habla mucho de la madurez de nuestra democracia.
Precisamente por ello, el Poder Ejecutivo de nuestro país va mucho más allá de personas o partidos políticos. Constituye uno de los pilares de nuestra democracia y, más aún, junto con los poderes Legislativo y Judicial, encuentra su actuación como contrapeso dentro del principio de división de poderes.
Desafortunadamente, bajo el paraguas de la libertad de expresión y con el escudo que otorga el anonimato en las redes sociales, en los últimos años hemos visto un demérito de nuestros mandatarios sin precedente. La espiral de insultos y ataques pareciera no encontrar fin y mucho menos traducirse en soluciones a los problemas.
No tapemos el sol con un dedo, muchas de las críticas a los presidentes son ciertas y fundamentadas. Como todos los seres humanos, cometen errores que no podemos dejar de señalar. Pero en la forma, va el fondo. Nada justifica las agresiones, descalificaciones y faltas de respeto.
Los ciudadanos tenemos el deber de respetar las instituciones. Podemos estar en desacuerdo, pensar distinto, criticar, señalar, exigir. Pero si no lo hacemos responsablemente, no somos mejores que lo que criticamos.
Desde luego, lo que es igual o más importante es que quien ocupe la institución presidencial, la respete. Ese honor y privilegio lleva siempre de la mano la responsabilidad que impone la obligación de cuidarla. Al final, no existe una mayor pérdida que la pérdida del respeto hacia la institución misma.
El respeto a la institución presidencial
- Columna de Alejandro Medina Mora
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Alejandro Medina Mora
Ciudad de México /
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