Según el Censo Nacional del gobierno federal elaborado por el Inegi y publicado en diciembre de 2017, existen 1.5 millones de personas trabajando en instituciones públicas federales. De ellas, aproximadamente cuatro de cada 10 cuentan con estudios de licenciatura o superior.
Lograr un servicio público digno, a la altura de lo que nuestro país merece, pasa necesariamente por una mejor preparación de todos los que en él participan. Contar con funcionarios más talentosos y con mayores capacidades debe ser la regla general y no la excepción.
La lógica presupuestal para la capacitación de nuestros servidores públicos debe de ser vista como inversión y no como gasto. La propuesta de otorgar apoyos económicos a jóvenes que no estudian ni trabajan, bien podría reorientarse para respaldar esta importante política pública, sin descuidar el necesario énfasis que debe de dársele a los jóvenes que buscan mejores oportunidades.
En ese sentido, hay que celebrar el documento técnico llevado a cabo por diversos expertos en la materia y que coincide con la necesidad de contar con una nueva Ley General de Servicio Profesional, que logre sentar las bases de la profesionalización del servicio público como política del Estado Mexicano.
Hay que decirlo, tener más títulos académicos no hace necesariamente mejores servidores públicos. Por ello, sería una gran noticia si en la propuesta de la administración entrante se contemplara no solo una mejor preparación académica, sino también el desarrollo de las capacidades humanas de quienes le dedican su tiempo y esfuerzo a México.
En general, tanto en el sector privado como en el sector público hemos descuidado la enorme relevancia de este importante factor. Estamos mal acostumbrados a hablar poco de nuestros fracasos, como si de estos no surgieran las mejores lecciones.
Vemos en la autocrítica una debilidad y no una virtud. Pensamos en la duda como enemiga y en la sinceridad como una señal de debilidad. Esto tiene que cambiar.
El talento y los valores de nuestros funcionarios son la columna vertebral del quehacer público. Desde luego, académicamente a la altura de las mejores prácticas internacionales, pero con una visión más humana. Me gusta pensar en los grandes cambios que se lograrían, si todos los involucrados estuviéramos dispuestos a ver más allá de lo que marca la costumbre.
Todo esto lo digo habiendo sido funcionario público y mientras me encuentro estudiando una maestría.
Es importante que sostengamos con hechos, lo que decimos o escribimos. Al final del camino, cualquier acción que sea pensando en el bienestar de nuestros servidores públicos, será en beneficio de nuestro querido México.
Preparémonos
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