Cómo un electricista de Cabo Verde le paró la carreta a los gigantes del Mundial

Jalisco /
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Hoy voy a romper mi propia regla y hablaré de futbol. Que quede claro: no soy experto y rara vez opino al respecto, pero lo que está dejando el Mundial 2026 me tiene inquieto y necesito compartirlo para conectarlo con una idea que leí en El fin del poder, de Moisés Naím.

En ese libro, publicado en 2014, Naím describe la lucha constante entre los grandes actores antes dominantes y los nuevos micropoderes que hoy desafían todas las estructuras en todos los ámbitos de la actividad humana. En todos. Y el futbol, claramente, no es la excepción.

¿Por qué lo digo? Porque dos de los cuatro semifinalistas —es decir, dos de las selecciones más imponentes del planeta— no pudieron en tiempo regular con un equipo debutante cuya población ni siquiera alcanza los 600 mil habitantes. Para ponerlo en perspectiva: el municipio de Tlajomulco tiene más gente que Cabo Verde. Y España, la poderosa España, no pudo ganarle al equipo de Vozinha, la figura de esta Copa y, para mi gusto, el verdadero crack del torneo.

Argentina, la campeona defensora, logró un triunfo sufrido en tiempos extras y por apenas un gol. En mi opinión —muy personal—, el árbitro y sus pitazos (o la falta de ellos) inclinaron la balanza una vez más del lado de Messi y su equipo. Pero hasta eso quedó empañado por el mejor gol del Mundial, el cual firmó el caboverdiano Sidny Lopes Cabral... a la poderosa Argentina.

No sé ustedes, pero en este Mundial percibo un fenómeno curioso: el repudio hacia Messi y su equipo crece de menos a más. Cuando Argentina anota, se hace el silencio. Cuando el rival le anota a Argentina, se provoca una algarabía generalizada. Esa incomodidad colectiva ante el poder establecido es el reflejo exacto de lo que Naím describió. Aunque Argentina esté en las semifinales, el poder se está dispersando. Los grandes actores tradicionales se enfrentan a rivales nuevos y sorprendentes, muchos de ellos mucho más pequeños en tamaño y recursos. Y, además, quienes controlan el poder ven cada vez más restringido lo que pueden hacer con él.

“Solemos malinterpretar —o incluso ignorar del todo— la magnitud, la naturaleza y las consecuencias de la profunda transformación que está sufriendo el poder”, sentenció el autor hace tres mundiales. Lo que vemos hoy en la cancha le da la razón.

El caso Vozinha es el espejo del caso James Black Jr.

Naím pone un ejemplo brillante en la página 14 de su libro: James Black Jr., un niño de una familia de clase trabajadora en Brooklyn. A los 12 años ya era maestro de ajedrez, una categoría que alcanza menos del 2 por ciento de los 67 mil miembros de la federación estadounidense. En 1972 sólo existían 88 grandes maestros en el mundo. Hoy hay más de mil 200. ¿La explicación? En parte, la revolución digital. Internet y el software de simulación ensancharon el horizonte de los jugadores, democratizando el conocimiento estratégico.

Exactamente lo mismo pasa con Vozinha, reclutado para su selección por LinkedIn. El portero electricista de 40 años, criado por sus abuelos (su abuelo albañil y su abuela el cimiento de su formación), confesó en una entrevista para TNT Sports Brasil que aprendió a atajar viendo tutoriales en YouTube. Sin entrenadores técnicos ni canteras profesionales, perfeccionó sus achiques, su posicionamiento y sus voladas viendo videos. “Hay cosas técnicas que, si hubiera iniciado en un club profesional, las habría corregido”, admitió con honestidad. Pero aun así, le paró la carreta a España, rompió el récord de atajadas en su debut contra los europeos y le complicó la existencia a Argentina.

Y no es un caso aislado. Nuestro Tala Rangel, el portero mexicano, también aprendió viendo a Oswaldo Sánchez, a Casillas y a Talavera en YouTube. “Simplemente lo que veía era lo que ponía en práctica en los partidos de Ciudad Guzmán”, confesó. Así de simple. Un clic, un tutorial, y el conocimiento técnico ya no es patrimonio exclusivo de las élites.

Messi seguirá siendo Messi. Nació con una genialidad innata que lo coloca entre los mejores de la historia. Pero su hegemonía, la de Argentina y la de las potencias europeas ya no forman un imperio indestructible.

Porque el poder, como bien lo advirtió Naím, ya no se ejerce solo desde arriba o como laboratorio exclusivo de los grandes clubes. Ahora también se construye desde la terracería, desde un arco improvisado, desde un teléfono celular viendo videos mientras se trabaja como electricista.

Cabo Verde no vino a pedir permiso. Vino a recordarnos que el talento es democrático y que la tecnología es el gran ecualizador. Que un país más pequeño que Tlajomulco ponga en jaque a la campeona del mundo no es una casualidad, es el síntoma más claro de que el poder absoluto —incluso el de la Pulga— está en retirada.

El Mundial 2026 no sólo nos está dando un campeón. Nos está entregando un certificado de defunción del mito de la superioridad eterna. Y el encargado de firmarlo no es una megaestrella, sino un portero de 40 años que aprendió a volar viendo la pantalla de un celular. Bienvenidos al fin del poder... en la cancha y en todo lo demás.


  • Alejandro Sánchez
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