Nuestra ciudad

Ciudad de México /

Al final, la ciudad, sus gobernantes y habitantes se enfrentan a sus propios límites, miden las posibilidades de sus odios y sueños, y miran reflejados en el espejo de la rutina los auténticos alcances de sus ambiciones.

La ciudad seguirá siendo un amasijo de calles y un puñado de árboles: una encrucijada mal planificada, un eterno proyecto de progreso expresado en relucientes edificios –condenados a la obsolescencia estética– y vialidades elevadas –condenadas a la insuficiencia– que reflejan el deseo de volar, de estar por encima de un mundo que jamás satisface a nadie.

Sus gobernantes seguirán replicando el discurso del trabajo, de la cercanía y de los apetitos colectivos, pero seguirán estampando sus rostros y nombres en playeras y gorras, promocionándose para la próxima carrera que les permita mantenerse en forma, en el juego. Y los habitantes seguirán en el rumbo del trabajo y la satisfacción inmediata de necesidades y placeres siempre postergados, destinados a experimentarse cuando los tiempos mejoren.

Al final, algo nos revela el verdadero valor de nuestras ambiciones: sus límites. Si miramos fotos de la ciudad de hace 20 años, encontraremos ahí los intereses que nos han convertido en lo que somos y que el tráfico sigue atascándose en los mismos cruces.

Entonces no había árboles y ahora tampoco, los proyectos que significaron nuestro progreso entonces ahora están abandonados, y los jóvenes que entonces se reunían en un parque sin árboles a ser resistencia ahora despiertan cansados, todos los días.

Lo único que se mantiene es el sueño de hacer mucho con lo que se tiene a mano. Eso y las ganas de irse que se difuminan porque, a pesar de todo, la ciudad es nuestra y es hermosa.


Alfonso Valencia

@eljalf

  • Alfonso Valencia
  • @eljalf
Más opiniones
MÁS DEL AUTOR

LAS MÁS VISTAS