El aprendizaje y los valores se construyen, no se transmiten

Monterrey /

Durante mucho tiempo asumimos que aprender era sinónimo de estudiar y aprobar exámenes. Sin embargo, cuando pensamos en lo que realmente recordamos años después, rara vez aparece un contenido específico. Recordamos las situaciones en las que tuvimos que actuar: el proyecto que no salió como esperábamos, el error que nos obligó a corregir.

Los aprendizajes más significativos ocurren cuando el conocimiento se conecta con la realidad. Sin embargo, la forma en que organizamos la educación no siempre refleja esa evidencia.

Como ha señalado Sylvia Schmelkes, las instituciones educativas han cumplido históricamente funciones más cercanas a la conservación que a la transformación, aun cuando tienen el potencial –y la responsabilidad– de contribuir a resolver los problemas de su entorno. Esto redefine el papel de la educación superior: no sólo formar profesionistas, sino ciudadanos capaces de comprender la realidad y actuar sobre ella.

Los valores, en este sentido, no se transmiten; se construyen.

Se construyen en la convivencia, en el diálogo y en la necesidad de tomar decisiones frente a situaciones reales. Es ahí donde se desarrollan el juicio, la responsabilidad y el respeto por los demás.

Este planteamiento es especialmente relevante hoy. Las redes sociales, la inteligencia artificial y la automatización están reduciendo muchos de los espacios donde antes se aprendía a trabajar. El mundo demanda personas capaces de integrarse y aportar valor desde el primer momento, mientras los espacios para aprender y equivocarse se vuelven cada vez más escasos.

Aquí es donde la universidad vuelve a tener un papel central: no como transmisora de contenidos, sino como una institución responsable de diseñar experiencias reales y presenciales de aprendizaje. La experiencia no debe entenderse como un complemento del aprendizaje académico, sino como su fundamento.

Por ello, los modelos educativos que integran proyectos reales constituyen una respuesta estructural a los cambios del entorno. Cuando las y los estudiantes participan en proyectos con empresas, organizaciones sociales o comunidades –incluyendo aquellas en condiciones de mayor vulnerabilidad– no sólo aplican conocimientos; desarrollan pensamiento crítico, inclusión, colaboración y capacidad de decisión.

Aprenden a equivocarse.

Aprenden a corregir.

Aprenden a actuar.

Y en ese proceso aprenden a vivir en sociedades más pacíficas, equitativas, sostenibles y democráticas.

Este cambio exige también reconsiderar el espacio educativo. La universidad ya no puede limitarse a sus aulas. Hoy sabemos que el aprendizaje ocurre en interacción con el entorno donde viven las personas.

La ciudad, en este contexto, se convierte en un espacio educativo.

Instituciones educativas como la Universidad Regiomontana han desarrollado, desde hace décadas, modelos basados en proyectos reales con empresas y comunidades, generando aprendizaje con impacto social.

La pregunta, por lo tanto, ya no es si estos modelos funcionan. La evidencia indica que sí. La pregunta relevante es: ¿Estamos dispuestos a asumir la responsabilidad de formar personas capaces de transformar su entorno?


  • Aline Moch Islas
  • Directora de Docentes y Cuerpos Académicos de la U-ERRE
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