Una de las capacidades humanas más asombrosas que hay es pedir y dar justificaciones de nuestros actos, creencias y formas de vida. Dicha capacidad —trivial, en apariencia— alberga el germen de una sociedad democrática, es decir, justa. He aquí la tesis de Rainer Forst (Wiesbaden, 1964), quizá el teórico político más agudo de su generación.
Discípulo de John Rawls y Jürgen Habermas, heredero del proyecto de la teoría crítica, Forst ha escrito una vasta obra sobre asuntos torales como la justicia, la democracia y la tolerancia. Su premisa central es que somos “seres de justificación” y que —buenas o malas, razonables o ideológicas— las justificaciones “son la materia de lo político, y el derecho a cuestionarlas es el primer derecho político” (Justificación y crítica. Perspectivas de una teoría crítica de la política, Katz Editores, 2014, p. 19). Por eso propone elevar la justificación al rango de derecho humano y fundamental: “los derechos humanos se basan en el derecho a la justificación y expresan todos los derechos que los hombres pueden reclamar sobre esta base” (p. 26).
Naturalmente, existen asimetrías que impiden el cabal ejercicio del derecho a la justificación: procesos de exclusión social, privilegios históricos, formas de dominación coercitiva e ilegítima. La tarea de la teoría crítica —sostiene Forst— es develar las desigualdades, criticar las actuales relaciones de justificación y ampliar el principio de reciprocidad para que los individuos logren democratizar los órdenes sociales autoritarios: racionalizar, en suma, el ejercicio del poder sometiéndolo a la justificación moral.
Esta propuesta acusa, tal vez, cierto utopismo. ¿Qué pasa cuando el poder renuncia a justificarse? Al comienzo de la República, de Platón, Polemarco coacciona juguetonamente a Sócrates y a Glaucón para que permanezcan en el Pireo: “o bien os volvéis más fuertes que nosotros, o bien permaneceréis aquí”. “Sin embargo, resta una posibilidad —dice Sócrates—: la de que os persuadamos de que es necesario dejarnos marchar”. “¿Y podrías convencernos, si no os escuchamos?”, responde Polemarco (Diálogos IV, Gredos, 1986, p. 58).
La filosofía, desde la Grecia clásica hasta hoy, intenta persuadir, argumentar, dar razones; pero de no apoyarse en la acción política, ésta resulta estéril frente a la negativa casi sistemática del poder a oír argumentos y justificar sus acciones. Los realistas están en lo cierto: aun en la sociedad más abierta, la fuerza y la lucha por el poder son pieza innata de la política. Dotar de racionalidad a la política exige más que la buena voluntad de justificar y ofrecer razones.
La propuesta de Forst conserva, con todo, su calidad de ideal regulativo. Sobre todo en países de autoritarismo arraigado, la exigencia de que el gobernante justifique sus actos y las instituciones se legitimen mediante la palabra, ha sido —desde tiempos de Platón— una meta imprescindible para alcanzar ese valor imposible pero vital: la justicia.