Aunque profundamente mexicano por su formación, preocupaciones y énfasis —es probable que su obra contenga, sobre todo los artículos y ensayos recopilados en Sobre la democracia, la tentativa más rigurosa de una teoría democrática mexicana—, Carlos Pereyra (1940-1988) cultivó una visión cosmopolita de la filosofía política que lo hizo pensar con ambición y sin complejos, dialogando y disintiendo con autores como Rawls, Habermas, Apel o Macpherson.
Entre otras cosas, Pereyra ayudó a que un sector importante de la izquierda mexicana superara el escolasticismo marxista de las universidades y se comprometiera con el ideal democrático, al subrayar (al igual que Norberto Bobbio) la necesidad de articular una síntesis creativa y sistemática entre la tradición democrático-liberal y el ideario socialista.
«Es preciso reconocer de una vez por todas —escribe Pereyra— que sin libertades políticas no hay socialismo y que, más allá de la eliminación de la propiedad privada, la construcción del socialismo exige la libre organización sindical de los trabajadores, el pluralismo ideológico, cultural y político, la participación de los miembros de la sociedad en el control de la cosa pública, la descentralización del poder, el despliegue autónomo de la sociedad civil… en fin, la democracia». (Sobre la democracia, IEPC Jalisco, 2012, pp. 32-33)
Sin libertades políticas no puede haber socialismo; y sin la vocación igualitaria del socialismo, no hay democracia estable ni vibrante. Eso hoy lo tenemos muy claro.
En tiempos en que la política vuelve con rapidez al monismo, tiene mayor sentido recuperar el espíritu democrático de Pereyra. Toda democracia —creía— es profundamente pluralista; una mayoría, electa democráticamente, que intente suprimir en los hechos a las minorías y a la diversidad política, es autoritaria y despótica; el pueblo nunca es homogéneo. «La democracia opera como el único régimen político que no supone la supresión del otro. La democracia es siempre democracia pluralista» (p. 103).
Releer a un autor como Pereyra es un ejercicio esclarecedor para quienes creemos que el futuro del liberalismo sólo es posible si se anuda fuertemente a una izquierda democrática. Lo dijo José Woldenberg, uno de sus mejores epígonos: «Releer a Pereyra hoy —a sus escritos que tienen ya más de veinte años— sigue siendo un ejercicio esclarecedor en términos teóricos, pero además pertinente desde el campo de la política, sobre todo para quienes pensamos que el futuro de la democracia y la izquierda deben estar fuertemente anudados». (Cartas a una joven desencantada con la democracia, Sexto Piso, 2017, pp. 90-91).
Pero quizá más importante aún es tener presente la lección de Pereyra: cultivar una visión cosmopolita, abrazar la importancia de la teoría y la argumentación rigurosa, el enraizamiento en la experiencia política, la voluntad de influir en la esfera pública y la defensa activa —teórica y práctica— de la democracia. A 38 años de su prematura muerte, el 4 de junio de 1988, no sé de otra mejor manera de honrar su legado.