A pedradas, nos arrebatan la paz

Puebla /
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Este domingo, el arzobispo de Puebla, Víctor Sánchez Espinosa, dio en el blanco durante su homilía dominical: la sociedad vive con miedo constante.

Hoy, salir a trabajar se ha convertido en uno de los tantos riesgos que debemos enfrentar, donde nadie sabe si retornará con bien al hogar. La inseguridad ya no es sólo una estadística fría, sino el escalofriante espejo de obsidiana donde vemos un negro panorama: la vida humana ha perdido todo su valor.

La tragedia de Dominga Pérez Comisario retrata esta barbarie. A sus 83 años, precisamente en el día de su cumpleaños, caminaba de regreso a su casa en Chachapa, Amozoc, tras vender las cemitas con las que sustentaba su economía; de pronto, fue alcanzada por un grupo de hampones que le arrebataron la existencia a pedradas por, presuntamente llevar nada más 90 pesos. Esa es la miserable cifra por la que privaron de la vida a una señora trabajadora.

Pero el quiebre social se vuelve más inquietante cuando el delito encuentra refugio en el propio hogar. En Xochimehuacan, José Santiago, de 55 años, fue ultimado a balazos por resistirse al robo de su celular. Al rastrear el dispositivo la policía localizó al sospechoso, pero sus parientes enfrentaron a los agentes a pedradas para facilitar su huida rumbo a una barranca.

La familia, concebida como un abrevadero de valores, principios y contención social, se transforma en un núcleo de complicidades, la casa ya no es un hogar, es la cueva de Alí Babá.

¿Cómo es posible que padres, hermanos o tíos prefieran proteger a un homicida antes que enseñarlo a enfrentar las consecuencias de sus actos? Cuando esta estructura, base de toda sociedad, se convierte en el escudo de la impunidad para un criminal, la descomposición es profunda.

Quienes diseñan las estrategias de seguridad están frente a una lección contundente: no habrá patrullas ni cámaras suficientes mientras en la propia casa se solape el delito. Puebla duele e indigna porque el miedo no solo ronda las calles, duerme bajo el amparo de la impunidad, propiciada por quienes debieron formar ciudadanos, y no criminales.


  • Andrés Lobato
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