La reciente tragedia en la gruta de Chichicazapan, en Cuetzalan, donde la celebración de un cumpleaños terminó en la muerte de integrantes de la familia Peña, no puede quedarse solo en el recuento de los daños o en condolencias oficiales.
Este doloroso suceso, que requirió el despliegue del Ejército y buzos especializados, es el vivo síntoma de una preocupante realidad en Puebla: el turismo de aventura opera en una total y peligrosa anarquía.
Cuetzalan se ubica en el top cinco de los Pueblos Mágicos más visitados del estado; sin embargo, el éxito comercial no ha venido acompañado de orden institucional.
Mientras brigadas rescataban cuerpos a contracorriente, en el centro del municipio la oferta de recorridos a las cavernas seguía al por mayor, sin restricciones ni advertencias. La negligencia de las autoridades parece ignorar que la naturaleza no entiende de derrama económica.
Es imperioso que las autoridades de Protección Civil y Turismo, en los tres niveles de gobierno, dejen de aventarse la bolita y pongan orden de inmediato.
No podemos permitir que el acceso a estos atractivos dependa solo del criterio de los ejidatarios que poseen las tierras; su derecho al trabajo es legítimo, pero la vida humana está por encima de todo.
Los guías locales requieren capacitación estricta y equipo técnico básico: radios de comunicación, botiquines reales y planes de contingencia claros ante emergencias. Además, el Estado debe fijar un calendario obligatorio para estas actividades.
Explorar ríos subterráneos en plena temporada de lluvias es jugar a la ruleta rusa.
Para permitir la operación de estos servicios, la autoridad debe exigir el uso de cartas responsivas, donde el usuario asuma con total conciencia los riesgos a que se expone, pero también se debe contar con el respaldado obligatorio de un seguro integral de viajero con cobertura completa.
Regular el turismo de aventura no es frenar la economía; es garantizar que quienes vienen a maravillarse en Puebla regresen con vida a sus hogares.