El tiempo, esa brecha social

Puebla /

La narrativa oficial de las urbes modernas suele medir el progreso en kilómetros de asfalto, altura de puentes o nuevos y sofisticados sistemas de transporte. Sin embargo, para el poblano que habita los márgenes —que no es presentado con nombre ni apellido, que no sale en las postales de la Atlixcáyotl— y vive ahí, muy al norte, más allá de los estadios; o demasiado al sur, en la lejana Azumiatla, la unidad de medida que importa es el tiempo: un lujo más que excluyente.

La crisis que ha vivido la movilidad en últimos días, más allá de la numeralia de unidades detenidas o el oportunismo de los taxistas pirata, pone de manifiesto una profunda herida social: la desigualdad cronométrica. Mientras algunos sectores discuten sobre la digitalización de servicios o la llegada de inversiones tecnológicas, la otra —esa mayoría silenciosa— entrega hasta cuatro horas diarias de su vida a la incertidumbre de un paradero.

No se necesita una estadística para entender que esas horas perdidas le fueron robadas a los tiempos de crianza, descanso o estudio. Cuando un sistema falla, cuando no se calcula qué puede pasar si se trata de ordenar al transporte, el costo no lo asume el funcionario en su escritorio ni el concesionario en su oficina; lo paga la madre que llega tarde al turno de la fábrica, el estudiante que no acude a clases, o el activista que decide poner el ejemplo y va rodando en bici a su destino, pero se cae en el bache de la ciclovía; peor aún, aquellas que se quedan en paraderos solitarios expuestas a la inseguridad.

El gobierno de Alejandro Armenta ha puesto sobre la mesa grandes proyectos que, ciertamente dejarán huella, y hasta el estilo personal de gobernar marca la agenda. Son apuestas necesarias que buscan cambiar el rostro del estado. No obstante, la política social más urgente en Puebla no es un subsidio, es devolverle el tiempo a la gente.

El orden no debe ser un castigo para el usuario, sino el piso mínimo de una justicia social que hoy parece lejana. Si aspiramos a los altos vuelos, debemos entender que si el progreso no llega a la periferia en tiempo y forma, como no están llegando los camiones, la modernidad es solo un espejismo.

Según lo veo, la verdadera transformación se notará cuando el reloj deje de ser el principal enemigo de las familias poblanas.


  • Andrés Lobato
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