Alma de perro, corazón de piedra: la epidemia del desprecio animal

  • Vertebral
  • Ángel Carrillo Romero

Laguna /
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Las imágenes que circulan en redes sociales no solo indignan; duelen en lo más profundo del alma. 

Ocurrió en Torreón, en el cruce de la calle Eugenio Aguirre Benavides y bulevar Revolución. Un perro descansaba pacíficamente junto a la banqueta. 

Un vehículo gris llegó a estacionarse y, en una aparente falta de atención, el conductor no vio al animal y le pasó encima. 

Hasta ahí, podríamos hablar de un trágico e imprudente accidente. 

Pero lo que vino después es donde la humanidad se quebró por completo.

Al sentir las llantas, el perro comenzó a aullar de dolor. 

Otro perro corrió desesperado al escucharlo gritar, buscando auxiliarlo. ¿Y el conductor? Lejos de detenerse, poner reversa o bajarse a socorrerlo, decidió acelerar. 

Le volvió a pasar por encima, lo arrastró varios metros bajo el chasís y, en cuanto el cuerpo del animal logró salir con vida de entre los neumáticos, el sujeto pisó el acelerador y huyó cobardemente. 

Un peatón pasaba al lado y prefirió voltear a otro lado. Nadie movió un dedo.

Esta escena de absoluta apatía ocurre en un contexto doloroso para Coahuila, donde todavía tenemos a flor de piel la indignación por el caso de Rocky, el perrito en Saltillo que fue amarrado a la cajuela de un vehículo por su propia dueña y arrastrado brutalmente por dos cuadras.

La diferencia entre un caso y otro es tenue, pero el fondo es el mismo: el nulo valor que le estamos dando a la vida de un ser sintiente. Rocky perdió la vida por una crueldad explícita e injustificable. 

El perro de Torreón lucha por su vida debido a la prisa, la falta de empatía y una indolencia criminal que prefiere huir antes que asumir la responsabilidad de salvar una vida que acaba de destrozar.

¿En qué nos estamos convirtiendo? ¿Desde cuándo nos acostumbramos a pasar por encima del dolor ajeno, acelerar el paso y continuar el día como si nada hubiera pasado?

Hoy la comunidad busca al responsable en Torreón para que al menos se haga cargo de los gastos veterinarios de este animal. 

Pero el daño moral a nuestra sociedad ya está hecho.

La tragedia en nuestras calles no solo se mide por los frenazos que no se dieron a tiempo, sino por los corazones que ya no sienten nada. 

Tanto la cadena que arrastró a Rocky en Saltillo como las llantas que aplastaron al perro en Torreón nos dejan la misma lección amarga: cuando una sociedad pierde la capacidad de conmoverse ante el llanto de un animal indefenso, lo único que nos queda como humanos es el cascarón.

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