Existe un serio debate en la Comarca Lagunera por la cantidad de motociclistas que han perdido la vida en accidentes viales en lo que va de este 2026.
Hasta este viernes, la cifra llegó a 25.
Todos los casos son especiales, todos tienen su carga emocional y todos derivan en tragedia. Pero el último me llamó particularmente la atención.
Se trata de Benjamín Pañol, un muchacho de apenas 26 años de edad.
Él estaba terminando su jornada de trabajo como repartidor —un empleo que apenas tenía un par de semanas de haber conseguido—.
Las cámaras de videovigilancia captaron el momento exacto en el que Benjamín no respetó la luz roja del semáforo sobre la avenida Bravo.
Fue embestido por un automóvil que transitaba con preferencia sobre la calle 22 y salió proyectado varios metros por el aire.
Tras el fuerte impacto, paramédicos de la Cruz Roja lo trasladaron en estado crítico a la Clínica 16 del IMSS, donde horas más tarde se confirmó lo inevitable.
La historia detrás de Benjamín es desgarradora. De pequeño fue abandonado por su madre. Su padre -sumido en el alcoholismo- no pudo darle un hogar, por lo que se crió con un tío que acaba de fallecer.
Para endurecer más el panorama, su único hermano perdió la vida hace apenas un año y medio. Benjamín estaba prácticamente solo.
Cuando falleció, alguien publicó en redes sociales que buscaban a sus familiares; fue así como una prima se enteró y pudo ir a reclamar el cuerpo.
Hoy, los pocos parientes que le quedan se están haciendo cargo de los gastos funerarios, pero no tienen un solo peso.
Sin embargo, el fondo de esto va más allá de la carencia económica.
El verdadero mensaje radica en esta loca y absurda carrera en la que nos hemos metido todos dentro de la jungla vial.
Es cierto, los automovilistas renegamos a diario por las malas y peligrosas prácticas de los motociclistas que manejan de forma salvaje, creyendo que son inmunes a la desgracia.
Sí, a veces conducen al límite. Pero, ¿qué hacemos? ¿Los desaparecemos? ¿Los borramos del mapa?
Al final del día, quienes vamos detrás de un volante debemos asumir una enorme dosis de conciencia: nosotros estamos medianamente protegidos por la carcasa de acero de un vehículo; ellos van completamente a la deriva, y un casco no es, ni de cerca, garantía de vida ante un golpe seco contra el pavimento.
En esa eterna disputa por ver quién gana el paso, por ahorrarse dos minutos de semáforo, por entregar a tiempo un pedido de comida... la prisa se está cobrando vidas muy jóvenes.
Hoy, mientras el asfalto sigue caliente, el cuerpo de Benjamín yace en una modesta funeraria de Torreón, acompañado apenas por un "arreglito" de flores y dos o tres familiares que lloran su triste y solitario final.
Todos en la calle queremos ganar, queremos pasar primero, queremos devorarnos el tiempo... pero al ver ese funeral vacío, la pregunta "brinca": de verdad, ¿Vale la pena perder la vida por ganarle un segundo al semáforo?
Contéstelo usted.