El 26 de octubre del año pasado, Francisco Cerritos iba con su actual pareja a comprar barbacoa; era domingo por la mañana.
De pronto, su ex —junto a su hija Samanta, en ese entonces de cuatro meses, y un hijo solamente de ella— los interceptó afuera de su casa. Él puso a salvo a su nueva novia y se quedó a afrontar la situación.
Janeth, enardecida, decidió golpear a Francisco. El video es revelador porque da cuenta de cómo una mujer empoderada y con muy limitados recursos emocionales cree que es prudente dirimir los conflictos por la vía de la agresión, por encima del diálogo o —en todo caso— de la denuncia ante las autoridades.
En fin. Lo cierto es que Francisco acudió a la Fiscalía de Justicia en la región Laguna I a interponer la denuncia, y el Ministerio Público solamente recibió la querella, pero no impuso ninguna medida de restricción para Janeth ni para sus impulsos violentos.
A él no lo resguardó nadie; nadie le proporcionó apoyo psicológico ni medidas cautelares, porque en este país los hombres no tienen permitido llorar ni quejarse; no es “de hombres” sentirse vulnerable.
Es más, esto que ocurrió, en lugar de ser un motivo de oprobio social, a Francisco le valió para ser objeto de burlas. Insisto: sí hay hombres patanes y villanos, pero también hay mujeres que, bajo el amparo del feminismo y las colectivas, cometen delitos y se sienten superiores bajo un velo inmaculado de fragilidad.
Es importante comenzar a ver que la radicalización no nos llevará a buen puerto, mucho menos en terrenos de impartición de justicia, porque ante su discapacidad visual, todos debemos ser analizados bajo un esquema de igualdad y no bajo amagos de colectivas ni el escarnio público.