John Milton Cage (1912-1992), fuente inagotable de pensamiento, creatividad e irracionalidad constructiva. Compositor e inventor; escritor y lúdico artífice de un mundo donde el arte y la vida ordinaria se encuentran por caminos de coincidencias aparentemente opuestas, pero que por vía de una actitud desenfada de este personaje cuasi clownesco nos lleva a descubrir que los días mundanos pueden transmutar en episodios fantásticos e insólitos. Por qué lo digo? Nunca antes como hoy hemos sido testigos de un sinnúmero de evidencias mostradas al través de las redes sociales donde los actos cotidianos soportan el tedio espeso de las horas en encierro; donde los pasos intramuros devienen en arenas movedizas con un aire de sopor. Pero entonces sucede lo inesperado: un cantante con voz de tenor sale al balcón de su departamento y comienza a entonar su aria operística ante la mirada atónita, y a la vez conmovida, de sus vecinos. Luego entonces, en otro vecindario, surge la figura de una bailarina de ballet dibujando arabesques entre estufa y alacenas. Más allá, en el marco múltiple de ventanas en un edificio art nouveau, músicos filarmónicos, cada uno en su piso y con atril de por medio, dan lectura al “Bolero” de Maurice Ravel. Todo es ya un mundo de sortilegio donde las manecillas de un reloj juguetean con la imaginación del día a día. Es aquí donde se hace presente la figura de John Cage cuando en algún momento escribió: “El arte ha borrado la diferencia entre el arte y la vida. Ahora hay dejar que la vida borre la diferencia entre la vida y el arte”. Y aquí es donde doy respuesta a la pregunta expresa. Porque ahora nuestras jornadas se han convertido no sólo en la noción de cronos, sino en el mismo vínculo de lo que somos y hacemos con el tiempo. Somos el tiempo mismo; hemos logrado la introspección al través de anular las barreras que nos delimitaban antes de y después de. Se cumple la premonición de John Cage: “… hay que dejar que la vida borre la diferencia entre la vida y el arte”. En mi caso, dediqué estas semanas a la lectura de un libro ejemplar en la literatura del músico norteamericano: “Del lunes en un año” (Ediciones Era, 1974); un compendio de ideas y reflexiones, como apuntes de un diario, que lo delatan como claro irreverente de la cultura del Siglo XX. Termino citando nuevamente sus palabras: “Ya no se trata de gente guiada por alguien que asume la responsabilidad. Sino, como dice Mc Luhan: una situación tribal. Necesitamos ayudarnos unos a otros (recolección de alimentos, arte) para hacer lo que hay que hacer”. Aquí seguimos, en ésta otra realidad.
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Antonio Navarro
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