Cierto, hoy vivimos en la época del streaming; habitamos en una realidad virtual que compartimos al través de las redes sociales. Estamos tan cercas y tan lejos. Para las nuevas generaciones esto representa la orden del día en sus agendas cotidianas: deslizan su tiempo por la fibra óptica sin mayores prejuicios en el encierro de su individualismo. Sin embargo, los sobrevivientes del siglo pasado que aun coexisten bajo este paradigma cibernético, retienen la nostalgia de convivir en grupos con el entredicho de sabernos un ser social en comunión de pertenencia y vincularnos así como especie humana que obedece a una necesidad concreta de convivencia. El arte, como expresión de sentimientos e ideas, viene a establecer ese vínculo, pero a la vez nos libera en su búsqueda de ruptura. En medio de esta dualidad queremos hoy restablecer el nexo que nos permita volver a los escenarios y ejercer nuestro trabajo cercano al bienquisto público que de igual manera desea retornar como fiel testigo. Es también recordar lo dicho alguna vez por el compositor norteamericano John Cage: “… hay que dejar que la vida borre la diferencia entre la vida y el arte”. Existencia que pende de un hilo; arte que padece en la incertidumbre. Qué hacer entonces ante ésta nueva realidad que se avecina? En el proceso de ir encontrando las respuestas me viene a la mente lo ocurrido en tiempos de la Primera Guerra Mundial (1914-1918) cuando la incertidumbre puso en jaque el trabajo artístico de un sinnúmero de creadores que se vieron en la obligación de modificar y ajustar nuevos criterios ante un nuevo verismo existencial. Tal es el caso particular del compositor ruso Igor Stravinsky con tres obras emblemáticas que bien representan la austeridad de recursos instrumentales ante la falta de dinero, de orquestas y escenarios de reputación. Había que seguir de pie en plena guerra con miras a crear y preparar montajes rústicos para un proscenio igualmente sobrio en escenografías con el mínimo de instrumentistas. Es así como Stravinsky busca a su amigo, el escritor suizo Ferdinand Ramuz, para que le escriba un pequeño libreto y montar un teatro musical por las plazuelas y villas francesas: La historia de un soldado (para tres actores y siete músicos). Tenemos también la partitura de Renard (El zorro, cuento burlesco), a manera de ópera de cámara. Y por último su ballet Les Noces (Las bodas), para percusiones, armonio y pianola. Todo como ejemplo del mínimo de requerimientos ante una crisis existencial y económica que en su momento hizo estallar la gran guerra en Europa. Hoy nuestro dilema es crear y salir ante esta nueva utopía con el arte vivo. La historia nos ofrece pasajes de experiencias y vivencias que bien nos enseñan el camino a seguir. Llegaremos acaso.
Utopía y realidad
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Antonio Navarro
Ciudad de México /
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