Prosigo con mi listado de los libros que me parecieron de gran importancia en este 2015 que finaliza, el cual ya tuve ocasión de presentar en el programa En 15, de Carlos Puig. La semana pasada, por razones de espacio, solo tuve oportunidad de referirme a los primeros siete:
1) Diarios 1945–1985, de Salvador Elizondo (selección, notas y prólogo de Paulina Lavista), Fondo de Cultura Económica.
2) La guerra no tiene rostro de mujer, de Svetlana Alexiévich. Debate.
3) Martín Luis Guzmán, entre el águila y la serpiente, de Tanya Huntington, Tusquets.
4) Número cero, de Umberto Eco, Lumen.
5) Sumisión, de Michel Houllebecq, Anagrama.
6) Norte. Una antología, de Eduardo Antonio Parra (comp.), Era.
7) Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes, editado por Andrés Trapiello, Destino.
Me resta presentar, pues, así sea mínimamente, los otros ocho títulos que adelanté en mi pasada entrega, para no perder la oportunidad de competir con otros listados que aparecieron desde el pasado fin de semana, de manera destacada la selección preparada por los críticos de El País, con la que compartimos algunas recomendaciones.
8) Los diarios de Emilio Renzi, de Ricardo Piglia, Anagrama. Otro libro de diarios, pero de uno de los más grandes escritores latinoamericanos vivos. Es la primera entrega de un proyecto en el que ese doble de Piglia, Renzi, al que ya conocíamos desde Respiración artificial, nos relata un Buenos Aires de hace décadas, con esas lecturas fundamentales que lo marcaron y las intensas charlas con sus pares, lo que da como resultado páginas maravillosas a fuerza de registrar la vida diaria.
9) Arenas movedizas, Henning Mankell, Tusquets. Uno de los libros más conmovedores (hay quien dice que su mejor libro) del creador del inolvidable comisario Wallander. Lo que más sorprende es que no se trata de una ficción sino de un recuento vital de cara a la muerte. Esperanzado (o no) en vencer el cáncer que lo carcomía, Mankell pasa revista a una vida llena de aventuras, paisajes y grandes emociones.
10) Pureza, Jonathan Franzen, Salamandra. La revancha de Franzen contra lo que él llama "las ilusiones de libertad" que provienen de las nuevas tecnologías es plena y de un extraordinario nivel literario. Lo que aquí cuenta, a partir de varios continentes y décadas, es la búsqueda de la identidad de una joven cruzándose con genios y farsantes de toda laya.
11) La isla tiene forma de ballena, de Vicente Quirarte, Seix Barral. El autor tiene más de un motivo para dedicar este libro a su maestro Fernando del Paso, puesto que efectivamente en su texto son tangibles reminiscencias de Noticias del imperio pero trasladadas al espejo juarista: la estadía de Margarita, su esposa, en Nueva York, desde donde le cuenta mil y una cosas que alivian y llenan de esperanza a quien llevó la República en un carruaje.
12) En movimiento, de Oliver Sacks, Anagrama. Otra obra escrita desde la consciencia de estar condenado a muerte por una enfermedad incurable. Sacks nos cuenta su vida con alegría, sabiendo que el compromiso de vivir plenamente él lo ha realizaba lo mejor que le había sido posible. Páginas de gran profundidad de este extraordinario personaje de la ciencia y del humanismo que falleció este año.
13) Elegías de Duino, de Rainer María Rilke, versión de Juan Rulfo, Sexto Piso. Entre la poética del siglo XX, las elegías de Rilke constituyen uno de sus puntos más altos. No se trata de una traducción sino de —en cierto sentido— algo mejor: una versión a manos de Juan Rulfo, un grande de las letras nacionales, que supo identificarse con toda la riqueza de los poemas de Rilke.
14) Ve y pon un centinela, de Harper Lee, Harper Collins. El gran acontecimiento editorial del año. No solo marcó el regreso de Harper Lee, sino diversas polémicas editoriales (si debió o no ser publicado, una de ellas) y hasta algún desencanto para quien soñaba con que el héroe de Matar un ruiseñor se mantendría íntegro con el paso del tiempo. No fue así. Los héroes se cansan, los centinelas se retiran.
15) El reino, de Emmanuel Carrère, Anagrama. Maestro actual de la no-ficción, Carrère transita aquí por los orígenes del cristianismo a través de sus apóstoles más comprometidos con la causa de alcanzar el reino de los cielos. Pero no es una historia de esta religión sino una profunda reflexión sobre la fe, eso que mueve a tantos y que se perfila muchas veces como el único consuelo o esperanza de la vida. Hasta los ateos lo hemos disfrutado enormemente.
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