Desde tiempo inmemorial, los mexicanos hemos soñado con vehemencia, que el llamado fuero insultante, utilizado por los políticos mexicanos, convertido en escudo contra la justicia que pudiera aplicárseles debido a sus excesos, desaparezca y gracias a no contar con él, se comporten como todos los seres humanos del mundo.
El fuero ha servido a los dizque servidores públicos, durante muchas décadas, como el perfecto cómplices de los latrocinios y de toda la clase de abusos en que incurren de principio a fin de un mandato. Es el broquel Mágico que los ampara contra los actos deleznables que cometen a diestro y siniestro y que permite que la ley no los toque cuando han cometido atropellos.
Lo mismo han despojado de propiedades a mucha gente, que ordenado la cárcel y hasta la muerte de quienes desobedecen sus designios. El fuero los ha convertido en verdaderos monstruos provistos de un blindaje impenetrable, que les permite actuar a placer en contra de la ciudadanía desamparada, para la que la ley es implacable, mientras que quienes gozan de esa prebenda pueden darse el lujo de pisotearla.
El pueblo tiene que lidiar sin ninguna defensa contra esta clase de delincuentes saqueadores. El pueblo, el que no posee más que un par de manos para trabajar y alimentar a su familia, tiene que soportarlo todo. A esta casta de bribones y a las que se añaden, militantes de las hordas de criminales siempre al acecho con la complacencia de los que pueden presumir fuero.
Se supone que el Congreso de la Unión ya plantea la eliminación de dicho privilegio. Una vez que desaparezca, el Presidente de la República y los funcionarios de toda laya, podrán ser sujetos de investigación, de proceso judicial y de cárcel, como cualquier ciudadano común.
Honestamente, ningún servidor público tiene nada de especial que los diferencie de la ciudadanía ordinaria. Muchos, inclusive, se distinguen por la pobreza de educación, de inteligencia, de mística de servicio y de otros atributos que deberían tomarse en cuenta a la hora de la elección.
Loable que al fin desaparezca. Nada plausible, que la reforma tenga que entrar en vigor hasta después del sexenio a punto de comenzar. ¿Por qué?¿Previenen acaso que durante el mandato que se avecina, los nuevos funcionarios cometerán los mismos actos de arbitrariedad que sus antecesores? ¿Por qué no ponen el ejemplo y se someten a sus propias buenas decisiones?
Fuera el fuero
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Armando Ríos Ruiz
Ciudad de México /
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