Últimamente, en algunos foros periodísticos se han suscitado discusiones sobre la intervención de Estados Unidos en Venezuela.
Algunos se muestran en contra de la actitud del coloso del norte. Critican esta actitud, que por cierto ha asumido durante toda su historia, más que nada porque siempre ha buscado apoderarse de la riqueza ajena, motor que ha movido sus impulsos.
Un servidor está a favor de esta intervención, como en otras y explicaré por qué, en poco espacio. La gente suele repetir, sin razonar, que los mexicanos debemos hacer algo para evitar el narcotráfico, por ejemplo, porque somos más que los criminales.
Sin embargo, es mentira que podamos intervenir, porque no estamos acostumbrados a asesinar ni contamos con armas para competir con las más poderosas que se fabrican en el mundo.
Hay pueblos enteros sometidos a la voluntad de los criminales, que están visiblemente por encima de la autoridad y más enseñoreados en este momento, que se saben impunes oficialmente, por el anuncio de que la guerra contra ese gremio acabó, mientras secuestran, se apoderan de todo, amenazan y asesinan a diestra y siniestra en lugares como Guerrero, Tamaulipas y muchos más.
Mientras, nadie del pueblo es capaz de chistar, obviamente por la gran desventaja que lo pone en las manos de la muerte.
En países como Venezuela, el pueblo está igualmente en desventaja con el gobierno, que dispone de armamento suficiente y poderoso, que lo respalda mientras abusa, empobrece, oprime y somete a los líderes, a los que tortura inmisericorde, a los que desaparece y reduce a la ignominia.
Se antoja necesario el concurso de alguien más fuerte, para que el pueblo tenga justicia. Ciertamente, así actuó E.U. ante dictadores como Sadam Hussein, quien fuera presidente de Irak. Con Muamar el Gadafi, de Libia, con Antonio Noriega, en Panamá. La historia dice que todos los mencionados abusaron con creces del pueblo inerme y por lo mismo, indefenso y que en todos los casos, éste agradeció la intervención de la Unión Americana.
Venezuela ha sido víctima de un desastre político, social y económico, a raíz de la llegada del supuesto salvador, Hugo Chávez.
Los males se han acentuado ante la evidente incapacidad de gobernar de su sucesor, Nicolás Maduro. ¿Quién puede ayudar? Nuestro flamante Chapulín Colorado ya murió. Sólo queda apelar a un país poderoso que quiera hacerlo y para ello, el de Norteamérica está dispuesto. _
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Armando Ríos Ruiz
Ciudad de México /
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