Luiz Inácio Lula da Silva, el eterno referente de la izquierda latinoamericana, está a punto de perder el que sería su cuarto mandato presidencial en su séptima campaña electoral. Lula se enfrentará en segunda vuelta a Flávio Bolsonaro y la historia no le ayuda: desde la redemocratización brasileña, ningún candidato que hubiera terminado segundo en la primera vuelta ha logrado ganar después la presidencia. Si bien esto no sentencia del todo el resultado del 25 de octubre, sí convierte la elección en un punto de inflexión.
Y esto no aplica solo para Brasil. Estamos hablando de la economía más grande de América Latina, de una potencia agrícola, energética e industrial y de uno de los pocos países de la región con capacidad real de influir simultáneamente en Washington, Pekín, los BRICS, América Latina y África. Un cambio de orientación política en Brasilia alterará mucho más que a un gobierno: modificará interminables equilibrios globales.
Para México, el asunto es todavía más importante. Brasil es nuestro principal socio comercial en América Latina y el principal destino regional de la inversión mexicana. Además, el gobierno de Lula ha sido uno de los pocos aliados ideológicos de gran peso que le quedan al gobierno mexicano en el continente. A esto se suma una diplomacia brasileña que, durante años, ha construido presencia en América Latina, el Caribe y África mediante CELAC, BRICS, cooperación Sur-Sur y una intensa política hacia el continente africano.
Si Lula no logra revertir el resultado, México tendrá que leer el cambio sin apelar a la nostalgia ideológica. Primero, porque más que un aliado automático enfrentaremos un activo contrapeso regional. Nuestra política exterior deberá dejar de preguntarse quién piensa como nosotros y empezar a preguntarse qué nos conviene como país.
Segundo, porque Brasil no es solamente un socio: también compite con México por inversión, industria, cadenas de suministro, energía y mercados. El T-MEC nos da una ventaja extraordinaria frente a Norteamérica, pero también puede aumentar los incentivos brasileños para competir por los mismos capitales que hoy buscan relocalizarse. Y Estados Unidos favorecerá a Bolsonaro.
Tercero, porque una reconfiguración brasileña abre espacio. México puede ampliar su presencia política, económica y diplomática en América Latina y el Caribe, siempre que pensemos en acción estratégica antes que en simple afinidad.
Dentro de tres semanas Brasil decidirá a su próximo presidente. Y México deberá decidir algo igual de importante: qué papel quiere jugar en una región que con toda probabilidad cambiará de equilibrio. Esta es la advertencia regional de tu Sala de Consejo semanal.