El Grito

Estado de México /
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Una cifra puede encender la fiesta, pero no siempre explicarla. Recientemente, Concanaco estimó que las fiestas patrias de 2026 generarán una derrama récord de 39 mil 600 millones de pesos. Es un dato relevante y un buen titular, pero la cifra fría se queda lejos de ser una buena explicación económica para lo que en sí misma representa.

Vender más pesos no siempre significa vender más productos, ni ganar más dinero. Cuando una familia gasta en una cosa, normalmente deja de gastar en otras. Es decir, una parte del gasto patrio sustituye compras que habrían ocurrido en otros días. Otra situación que una cifra así no refleja es la inflación. Que sea más alta que en años anteriores, simplemente puede significar que hay precios más altos. Por eso, la derrama debe leerse con cuidado: mide la facturación esperada, más no el beneficio neto.

La pregunta estratégica no es sólo cuánto se gasta, sino quién recibe ese ingreso. En la misma cifra conviven la vendedora de antojitos, el músico, el hotel, el supermercado, el proveedor del escenario y el intermediario. Para un municipio turístico, el visitante nacional puede representar ingreso adicional, aunque para el país sea consumo desplazado desde otra ciudad. Lo local puede ganar, aunque el agregado nacional no crezca igual.

También conviene separar discusiones. Una cosa es reconocer que la fiesta activa comercio, turismo y convivencia; otra, suponer que cualquier actividad queda justificada porque hay derrama. El gasto gubernamental ciertamente no es dinero perdido: remunera servicios, abre espacios culturales y permite que muchas familias celebren. Pero tampoco puede blindarse con la bandera. Para justificarlo debe ser transparente, explicable y con resultados verificables. El valor de una celebración debe poder decirse de frente a quienes la pagan.

Por supuesto, una conmemoración patria tiene un valor social que no es financiero. Celebrar juntos importa. Recuperar el espacio público importa. Transmitir símbolos, música, comida y memoria también importa. Precisamente por eso, la celebración se justifica plenamente, pero debe reflexionarse su impacto más allá del argumento de que es una tradición.

El compromiso económico de una celebración de este tamaño no puede durar cuatro días. Si en septiembre todos reconocen la importancia de comerciantes, cocineras, artesanos, músicos y pequeños proveedores, ese reconocimiento debe mantenerse cuando se apagan las luces tricolores. Permisos accesibles, seguridad y pagos oportunos a proveedores son más patrióticos que la fiesta misma. Por eso, después del grito, el amor a México también debe medirse en cómo se trata a los negocios al día siguiente. Es la reflexión empresarial de tu Sala de Consejo semanal.



  • Arnulfo Valdivia Machuca
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