A lo largo de la historia humana el idealismo ha sido la chispa que inicia revoluciones y ha inspirado a generaciones a soñar con un mundo mejor. Sin embargo, una visión, por noble que sea, queda atrapada en la inútil nebulosa de la imaginación si no se materializa en acción. Al mismo tiempo, no todo es actuar, porque el pragmatismo irracional conduce al peligroso espacio vacío de los logros que carecen de un propósito superior.
Idealismo es creer que podemos alcanzar estados elevados de mejora de la condición humana. Es una postura que valora los principios por encima de los resultados inmediatos. Por su parte, el pragmatismo aboga por la acción basada en una realidad tangible, priorizando logros concretos, incluso si estos no están alineados con una visión ideal. Ambas posturas tienen sus virtudes: el idealismo nos impulsa a aspirar a más, mientras que el pragmatismo nos ubica en la realidad.
Nuestra sociedad global refleja esta tensión natural entre el idealismo y el pragmatismo. Así como nos hemos dividido en facciones ideológicas, políticas y generacionales, también hemos construido movimientos enteros que enfrentan a quienes sostienen las antorchas de los ideales en contra de aquellos que favorecen tomar las palas y empezar a cavar.
Quizás la manifestación más dolorosa de esta dicotomía se encuentra en los espacios organizacionales y políticos alrededor del mundo. Vivimos en una época de bajo crecimiento, fundamentalmente porque estamos atrapados entre líderes que, aunque hábiles en la ejecución, carecen de una visión ideal e idealista, y otros que, dotados de elocuencia, esbozan panoramas grandiosos pero carecen de la capacidad para ejecutarlos. Somos una generación que sufre la falsa encrucijada entre el hacer por hacer y el soñar sin nada hacer.
Superar esta disyuntiva debe comenzar desde las bases: nuestra educación a todos los niveles, incluida la socialización empresarial y política. Necesitamos una verdadera revolución de la mentalidad que no vea al idealismo y al pragmatismo como virtudes opuestas, sino como complementos necesarios. En nuestras escuelas deberíamos enseñar a los jóvenes a soñar con audacia, para actuar con determinación. En las universidades es esencial equilibrar la teoría interdisciplinaria con la aplicación práctica de esas hipótesis. Y en los espacios organizacionales privados y públicos es fundamental dejar de glorificar una postura sobre la otra: ambas se requieren para abordar los increíbles desafíos de nuestro tiempo, desde la acción estratégica.
En cualquier caso, seguir atrapados en la danza absurda entre lo que debería ser pero no es y lo que es, sin aspirar a lo que podría ser, es condenarnos a seguir en donde estamos, y en donde estamos no estamos tan bien. Y hasta aquí la queja filosofal de tu Sala de Consejo semanal.