Durante las últimas cinco décadas, buena parte del mundo creció creyendo que la política se había domesticado, que las ideologías venían perdiendo fuerza, que la globalización integraría a las sociedades y que la prosperidad de los mercados terminaría imponiendo la racionalidad sobre la confrontación. Fue una ilusión. La geopolítica volvió. Y volvió con fuerza, porque ahora está impregnada de emoción.
La elección presidencial del domingo próximo en Colombia es una muestra de ello. Más allá de los nombres, de los partidos o de las campañas, lo que se disputa en ese país es algo mucho más profundo: la dirección estratégica de una nación en un momento en que el mundo entero se está reordenando. Y la feroz polarización entre derechas e izquierdas colombianas no es una anomalía local; es parte de una tendencia global.
En distintas regiones del planeta, las sociedades se están dividiendo alrededor de preguntas fundamentales: seguridad por la fuerza o distensión por la razón; identidad nacional o globalismo; orden o permisividad; migración o fronteras cerradas; crecimiento económico o redistribución; tradición o revolución cultural. Pero el problema es que todos estos temas dejaron de ser discusiones técnicas y pasaron a convertirse en batallas emocionales sobre la esencia misma de la sociedad.
Colombia representa particularmente bien esta tensión porque históricamente ha vivido atrapada entre el deseo de estabilidad y la tentación permanente de la confrontación ideológica. Mientras América Latina atraviesa uno de sus momentos más inciertos en décadas, el debate colombiano refleja una fractura mucho más amplia: la incapacidad contemporánea para construir consensos sostenibles en sociedades fracturadas.
El fenómeno no ocurre sólo en Bogotá, sino en todas las democracias relevantes del planeta. Las redes sociales aceleraron esta dinámica al convertir la indignación en combustible político. Los algoritmos premian el conflicto, amplifican los extremos y castigan la moderación. En consecuencia, gobernar se vuelve cada vez más difícil, porque las sociedades ya no buscan acuerdos: exigen reivindicaciones individuales.
La elección colombiana importa, porque su significado va más allá. El problema actual del mundo es que las naciones no pueden continuar construyéndose desde la confrontación emocional. Hemos llegado al límite, porque la geopolítica dejó de ocurrir solamente entre potencias y ha pasado a normar la conducta de las personas.
Ningún país podrá avanzar demasiado en medio de este ambiente de hostilidad permanente. Y quien quiera ser estadista en vez de político, deberá entender esto para que las naciones puedan sobrevivir al siglo XXI. Es el augurio global de tu Sala de Consejo semanal.