Mark Zuckerberg afirmó hace unos días que la IA de Meta ya alcanzó el nivel de ChatGPT y Claude. Y aunque sus nuevos modelos muestran avances significativos en muchos aspectos, quienes utilizamos regularmente la IA sabemos que dicha afirmación es falsa. No obstante, y más allá de declaraciones aventuradas, la pregunta de fondo tendría que ser otra: ¿cómo es posible que Meta, con sus miles de millones de dólares, miles de ingenieros y miles de proyectos nuevos, no haya sido quien desató esta revolución?
Algo parecido sucedió con Elon Musk. Ciertamente él fue uno de los fundadores de OpenAI, pero salió antes de que ChatGPT cambiara el mercado, porque no le vio futuro. Cuando el fenómeno ya era inocultable, firmó una carta pidiendo una pausa en el desarrollo de sistemas más avanzados. Después creó su propia empresa y lanzó Grok. El visionario terminó primero criticando y después persiguiendo una tendencia que él mismo había ayudado a originar.
Microsoft invirtió en OpenAI desde 2019 y contribuyó a su desarrollo. Pero fue OpenAI la que lanzó el producto que cambió la industria. Hoy Microsoft se debe resignar a usar esa tecnología, pero disfrazada de Copilot. Y, una vez más, no fue la empresa que revolucionó el mercado.
El caso más desconcertante es Google. Sus investigadores desarrollaron la arquitectura que hizo posibles los modelos actuales. Tenía el conocimiento, el dinero y el talento. Incluso llevaba años acercando la inteligencia artificial a millones de usuarios. Sin embargo, no encabezó el mundo de los asistentes generativos. Hoy compite al máximo nivel, pero perdió la iniciativa.
Y de nuevo la pregunta es: ¿por qué sucedió así? Mi hipótesis es que el éxito produce una forma particular de ceguera. A estos gigantes no les falta dinero, información o talento. Les sobra pasado. Sus estructuras están diseñadas para defender los negocios que ya tienen y no para crear otros que podrían reemplazarlos. En Google, por ejemplo, una página que respondiera directamente a una pregunta, como ChatGPT, cambiaba el negocio de su buscador. Por eso no la autorizaron. Allí, innovar era bienvenido mientras no afectara las utilidades, las jerarquías o los intereses internos. Todas estas son cargas que las empresas jóvenes no tienen.
La lección es profunda tanto para las organizaciones públicas como para las privadas. Kodak inventó tecnología digital y hoy no existe. Blockbuster dominaba su mercado y desapareció. Ninguna ventaja garantiza el liderazgo si no se acepta y administra el cambio. El problema no es de falta de visionarios, sino de exceso de personas empeñadas en ignorar el futuro cuando éste amenaza su presente. Y esta es la incómoda realidad organizacional de tu Sala de Consejo semanal