Oríllese a la orilla

Estado de México /

Para mí, los semáforos son dispositivos mezquinos que siempre están sincronizadamente en verde cuando me urge escribir un mensaje de texto y siempre en rojo cuando voy tarde a una cita importante. Los semáforos son en mi vida la demoníaca personificación de la Ley de Murphy: esa que reza que todo lo que pueda salir mal, mal saldrá.

La Ley de Murphy efectivamente es de la autoría del señor Murphy. En particular de Edward Aloysius Murphy, quien nació en 1918 en Panamá de padres estadounidenses y murió en 1990 en California. Murphy fue un connotado ingeniero militar, graduado de West Point, la mejor academia marcial de los Estados Unidos, y vio batalla en la Segunda Guerra Mundial y en la Guerra de Corea. Después de su belicosa trayectoria volvió a su país y colaboró con la Fuerza Aérea y la NASA en famosos proyectos, que incluyeron el desarrollo del helicóptero Apache y el Proyecto Apolo, que llevó al hombre a la Luna. Y a pesar de su asombrosa carrera militar y aeroespacial, el ingeniero Murphy es en realidad conocido -mal conocido, diría yo- por su Ley.

La pregunta es ¿hay forma de dominar la Ley de Murphy, especialmente en esos momentos en los que todo sale mal y cada momento se pone peor? La respuesta es que sí, porque Murphy jamás dijo que “todo lo que pueda salir mal saldrá mal.” Lo que él realmente dijo fue que "si hay varias maneras de hacer una tarea, y uno de estos caminos conduce al desastre, entonces es altamente probable que alguien utilice ese camino." En la frase misma está la solución.

Cuando una sucesión de acciones lleva a que todos los resultados subsecuentes salgan mal, el único antídoto es detener la acción para cambiar la trayectoria del proceso. Si por el motivo que sea tomas el “camino que conduce al desastre”, la única manera de evitar el desastre es detenerte y reiniciar un trayecto diferente. El problema es que no lo hacemos e insistimos sobre el camino errado, confirmando con nuestra irracionalidad la fatalidad de la Ley. Pongamos por ejemplo los semáforos: si sólo hay luces verdes en el camino y quieres una roja para escribir tu mensaje, estaciónate y escribe el mensaje; eso cambia la trayectoria del proceso. Seguir avanzando, esperando que el próximo semáforo sea rojo, cuando todos los anteriores han sido verdes, es insistir en el error, al menos probabilísticamente hablando. Lo mismo sucede con todos los procesos: si no te detienes, te hundes en la espiral de la trayectoria equivocada.

Por eso cuando un proceso, sea industrial, organizacional, personal o marital entra en una espiral de caos, sólo existe un antídoto: una pausa y un reinicio distinto. Y ahora, parafraseando a los policías mexicanos, me orillo a la orilla, porque debo enviar esta columna y todos los malditos semáforos están en verde. Hasta aquí el consejo vial de tu Sala de Consejo semanal.

@arnulfovaldivia


  • Arnulfo Valdivia Machuca
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