Teotihuacán

Estado de México /

Los hechos violentos que tuvieron lugar esta semana en la zona arqueológica de Teotihuacán fueron trágicos por varios motivos. El primero, por supuesto, tiene que ver con la muy lamentable pérdida de vidas humanas: una persona de nacionalidad canadiense asesinada y 13 de varias nacionalidades heridas en distintos grados.

La segunda tragedia es el momento en el que esto sucedió: a escaso mes y medio de la inauguración del Mundial de Fútbol de la FIFA, este es un golpe tremendo al turismo que pudiéramos estar recibiendo.

Pero, quizá, la manifestación más grave de la tragedia sea el golpe de realidad que el hecho nos generó a todos los mexicanos. Es cierto que, en este país, la violencia no es nueva y, de hecho, toma distintas formas que son crueles y cruentas. Sin embargo, en la mente colectiva de nuestro país, la versión del asesino solitario, psicológicamente afectado, racista y armado era una narrativa que veíamos en las noticias estadounidenses y no en las mexicanas. De ahí el shock.

Este quiebre perceptivo no es menor. Durante años, México lamentablemente normalizó una violencia estructural ligada al crimen organizado, pero había mantenido cierta distancia simbólica frente a fenómenos asociados a otras latitudes: ataques indiscriminados, motivaciones ideológicas difusas o perfiles individuales profundamente perturbados. Hoy, esa frontera mental se ha desdibujado.

Por supuesto, ríos de tinta correrán analizando el terrible acontecimiento, pero desde el punto de vista estratégico internacional, lo evidente es que en México se ha inaugurado una forma de violencia nueva para el país, pero funestamente real. A partir de ahora, estas escenas dejan de ser extrañas y extranjeras, y se vuelven potencialmente cercanas. Atender lo que sucedió el lunes en Teotihuacán, demanda una nueva visión de la seguridad y la protección civil, con protocolos que ahora se deben agregar a los existentes para otro tipo de delitos.

El reto, por tanto, no es únicamente reactivo, sino preventivo. Implica rediseñar esquemas de inteligencia, capacitar a cuerpos de seguridad para escenarios no tradicionales y, sobre todo, asumir que la globalización no sólo trae consigo beneficios económicos o culturales, sino también riesgos importados.

Claramente no busco demonizar ningún fenómeno, pero quizá es momento de darnos cuenta de que la conectividad inmediata por medios digitales, la mundialización de las tendencias y la convergencia cultural también tienen consecuencias negativas. El lunes vimos una de ellas. Por ello, debemos prever que muchas más de estas nefastas tendencias pueden fácilmente llegar a nuestro país, también por sorpresa, como llegó esta. Es el análisis criminal de tu Sala de Consejo semanal.


  • Arnulfo Valdivia Machuca
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