“El día que lo iban a matar Santiago Nasar se levantó a las 5:30 de la mañana...” así comenzó Gabriel García Márquez ‘Crónica de una muerte anunciada’ y desde la primera línea ya sabes lo que va a suceder.
En un pueblo de la costa colombiana, dos hermanos estaban esperando a Santiago Nasar para matarlo para vengar el honor de la hermana que había llegado sin ser virgen a su noche de bodas, de lo cual lo habían culpado a él. La parte central de esta novela no es la muerte de Santiago, es lo que pasó alrededor de esa muerte. Casi todo el pueblo lo sabía, menos él. En la atmósfera densa de la política mexicana, la figura de Claudia Sheinbaum parece avanzar, como los personajes de Crónica de una muerte anunciada, hacia un destino que todos intuyen, pero que nadie logra, o quiere, evitar.
En la obra de Gabriel García Márquez, la tragedia de Santiago Nasar no ocurre por sorpresa, sino por la suma de advertencias ignoradas, silencios cómplices y decisiones postergadas. De manera similar, la tensión creciente entre México y Estados Unidos se perfila como una historia donde los signos están a la vista: la fragilidad del T-MEC y sus aranceles, la dependencia económica estructural y los delicados equilibrios políticos que sostienen la relación bilateral.
Sheinbaum, en este escenario, camina por una plaza donde los murmullos ya se han vuelto gritos. Romper, o tensar en exceso, los vínculos con Estados Unidos no es un acto aislado ni meramente ideológico; es un gesto que podría detonar consecuencias económicas profundas: fuga de inversiones, presión sobre el peso, desempleo, interrupciones en cadenas de suministro. Como en la novela, el desenlace no dependería de un solo acto violento, sino de la acumulación de decisiones que, poco a poco, cierran todas las salidas.
La analogía se vuelve aún más inquietante cuando se observa el papel de los actores alrededor: empresarios, opositores, aliados internacionales. Todos parecen saber lo que está en juego, pero la inercia política y el cálculo estratégico impiden una intervención decisiva. Santiago Nasar fue asesinado a plena luz del día frente a su casa y con un pequeño pueblo mirándolo. Un pueblo entero lo dejó morir, cada uno con sus razones, cada uno con su propia excusa, cada uno convencido de que alguien más lo iba a impedir. Seguro alguna vez también te has repetido que alguien más se hará cargo, pero es tan fácil diluir la responsabilidad individual en el colectivo, que inevitablemente al final la fatalidad nos vuelve invisibles.