El corazón que la política educativa olvidó

Estado de México /
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En Corazón, Edmondo De Amicis entendió algo que la política educativa contemporánea parece haber olvidado: la escuela no pertenece al gobierno, sino a los niños. En el aula de Enrique, la educación es mucho más que aprender matemáticas, historia o gramática; es aprender a pensar, a convivir y a construir una sociedad distinta. El maestro representa la posibilidad de que el conocimiento rompa las cadenas de la pobreza y la ignorancia.

Por eso, los resultados de PISA 2025, publicados en septiembre de 2026, deberían provocar en México algo más que explicaciones administrativas. El país obtuvo 388 puntos en matemáticas, 408 en lectura y 414 en ciencias. Matemáticas y lectura retrocedieron respecto de 2022 y, aproximadamente, siete de cada diez estudiantes mexicanos no alcanzaron el nivel básico en matemáticas. La cifra debería estremecer a cualquier gobierno que coloque la educación en el centro de su discurso. La llamada Nueva Escuela Mexicana nació con la promesa de transformar la educación desde una perspectiva humanista, comunitaria e inclusiva. Sin embargo, ninguna filosofía educativa puede sustituir la evidencia. La evaluación tampoco debería convertirse en un enemigo ideológico. PISA no pretende decidir qué mexicano debe pensar de determinada manera; intenta medir competencias que permiten desenvolverse en sociedades cada vez más complejas. Negarse a mirar este espejo incómodo porque no nos gusta nuestro rostro no modifica el rostro. El problema de México es todavía más grave porque ocurre en un momento en que la inteligencia artificial está modificando radicalmente la manera de estudiar, trabajar y producir conocimiento. Mientras el mundo discute cómo enseñar a los jóvenes a utilizar críticamente la IA, nosotros seguimos enfrentando una deuda elemental: conseguir que todos los niños comprendan un texto, resuelvan un problema y puedan explicar científicamente aquello que ocurre a su alrededor.

Aquí vuelve a aparecer Corazón. De Amicis colocó al niño en el centro de la escuela. Nosotros deberíamos hacer lo mismo y preguntarnos si nuestras decisiones educativas están pensadas realmente para él o para satisfacer las necesidades políticas del momento.

El fracaso de PISA no es el fracaso de nuestros niños. Es la advertencia de que los adultos estamos fallando en nuestra responsabilidad con ellos. Porque cada punto perdido en PISA tiene detrás un rostro infantil. Y detrás de cada uno de esos rostros está el futuro de México.



  • Arturo Argente
  • Tec de Monterrey, Campus Toluca.
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