El proceso y la captura del capo

Estado de México /

El proceso, publicada en 1925, es una célebre novela póstuma de Franz Kafka, centrada en Josef K., un empleado bancario detenido una mañana sin conocer la causa que lo ha llevado a la cárcel. La obra narra su lucha inútil contra un sistema judicial laberíntico, absurdo y omnipresente, convirtiéndose en un símbolo de alienación, burocracia deshumanizante y culpa existencia.

México se parece inquietantemente a El proceso: un país que vive dentro de un juicio interminable, donde el expediente crece, los culpables cambian de nombre y la sentencia nunca llega. El sistema judicial funciona como un tribunal kafkiano: opaco, lento y, sobre todo, incapaz de ofrecer una resolución definitiva.

La captura de Nemesio Oseguera Cervantes, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, fue presentada como un golpe histórico. En términos simbólicos lo es, la caída de un capo siempre genera la impresión de que el Estado recupera el control. Pero la experiencia mexicana obliga a formular la pregunta central de Kafka: ¿se detiene el proceso o solo cambia el nombre del acusado?

Durante décadas, la estrategia ha sido similar: capturar líderes, fragmentar organizaciones, anunciar victorias. Sin embargo, la violencia se recicla. Los territorios se disputan de nuevo, surgen células más pequeñas y violentas, y las redes financieras y políticas permanecen intactas. Como en la novela, el problema no parece ser el individuo en el banquillo, sino la estructura que permite que el juicio nunca termine.

Lo más preocupante es la normalización del absurdo. Las masacres se vuelven cifras, las desapariciones estadísticas, las fosas clandestinas parte del paisaje informativo. En El proceso, nadie se sorprende de la injusticia; en México corremos el riesgo de acostumbrarnos a ella. La estructura del Poder Judicial, ahora agravada con la mal estructurada reforma judicial, saturada y distante, convierte a las víctimas en gestores de su propio dolor, obligadas a recorrer oficinas como Josef K. recorría pasillos interminables.

La detención de un capo puede ser el inicio de algo distinto, pero solo si rompe el laberinto: investigaciones que desmantelen redes completas, sentencias firmes, instituciones que funcionen sin depender del espectáculo político. De lo contrario, el país seguirá atrapado en su propio expediente. Kafka escribió la historia de un hombre que muere sin entender su juicio. México aún está a tiempo de escribir otro final: uno donde la justicia deje de ser un trámite interminable y se convierta, por fin, en una realidad.


  • Arturo Argente
  • Tec de Monterrey, Campus Toluca.
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